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Marco Frisina presidirá la Eucaristía de la Función Principal del Triduo a María Santísima de la Esperanza el próximo 18 de diciembre

Es el actual maestro de capilla de la Catedral de Roma y Rector de la Basílica de Santa Cecilia en Trastevere

El sacerdote, músico y compositor Mons. D. Marco Frisina (Roma, 1954) será el encargado de presidir la solemne Eucaristía de la Función Principal que se celebrará el próximo 18 de diciembre a las 20:15 en la Basílica como cúlmen al triduo en honor a María Santísima de la Esperanza. Destaca su papel como maestro de la capilla de la Catedral de Roma y su participación en las multitudinarias ceremonias del Santo Padre celebradas en el Vaticano.

Tras su graduación en composición en el Conservatorio de Santa Cecilia. Completó sus estudios teológicos en la Pontificia Universidad Gregoriana. Ordenado sacerdote en 1982 y tras su ministerio en la Diócesis de Roma, en la actualidad es Consultor del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización y Rector de la Basílica de Santa Cecilia en Trastevere.

En el plano musical, es el autor de innumerables cánticos litúrgicos así como de numerosas composiciones musicales para obras de carácter religioso o histórico. Conocida es su canción Jesus Christ, you are my life, que sirvió como himno popular en las últimas ediciones de la JMJ.

Del mismo modo, su producción musical tiene más de treinta Oradores Sagrados inspirados en personajes bíblicos o en la vida de los grandes santos. Junto a estos, merecen ser mencionados: “Cantico dei Cantici” escrito en 2009 y representado en el “Festival Anima Mundi” de Pisa, “Passio Caeciliae” compuesto en 2011 y realizado en Roma y Nueva York con motivo de las celebraciones por el 150 aniversario Aniversario de la Unificación de Italia, “Paradiso Paradiso” , de 2013, para el 56 ° “Festival dei Due Mondi” de Spoleto con la participación de Giorgio Albertazzi, y “Hasta las fronteras de la Tierra” , inspirado en la narración del naufragio de San Pablo en Malta y allí ejecutado en febrero de 2017 en el centenario del martirio del Apóstol.

Homilía, 2° día de triduo: “Aprovechar este tiempo para morir a todo lo que nos separa de Dios y del hermano”


Señor hermano Mayor, miembros de la Junta de Gobierno y fieles todos en el Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza Coronada.
Comenzábamos ayer este triduo en honor a nuestro Sagrado Titular y lo hacíamos recordando cómo hemos de vaciarnos de nosotros mismos en este tiempo que se nos brinda, para, poco a poco, irnos llenando de Dios, de su mensaje, de su Vida. Aprovechar este tiempo para morir a todo lo que nos separa de Dios y del hermano, y, desde la confianza en el Señor, que nos mira desde su bendita imagen y de forma real desde el Sagrario donde habita en la forma de Pan Eucarístico, caminar por las sendas de nuestra vida haciendo presente su amor, su esperanza, su alegría, en definitiva…su Vida; cogiendo nuestra Cruz de cada día y siguiéndolo confiados en su presencia que nos sostiene.
Las lecturas de este día profundizan en otro aspecto de este seguimiento en el tiempo de Cuaresma: El Ayuno. La denuncia de Isaías contra un ayuno mal entendido es enérgica. El pueblo de Israel cree poder aplacar a Dios y reparar sus pecados con un ayuno que el profeta tacha de falso e hipócrita, porque la abstinencia de alimentos no va acompañada de lo prioritario que hemos de buscar con ese ayuno: la justicia, la misericordia, el amor. Nos dice el profeta que “el día del ayuno buscáis vuestro interés…ayunáis entre riñas y disputas”. El ayuno se queda en unos formalismos exteriores -movéis la cabeza como un junco, …os acostáis sobre saco y ceniza- pero sin una verdadera conversión del corazón.
Pero ¿Qué quiere Dios el día del ayuno? Nos lo dice el mismo Isaías, -abrir las prisiones injustas…partir el pan con el hambriento…no cerrarte a tu propia carne (a tu familia)- y no es más que una transformación del corazón. El ayuno exterior tiene que ser reflejo de la transformación interior, porque el ayuno sin amor vale poco.
Cuando leemos el evangelio nos puede resultar sorprendente la actitud de Jesús ante el ayuno. En primera instancia parece que lo relativiza, pero ante la pregunta de los discípulos de Juan, Jesús que había ayunado 40 días en el desierto responde: “¿Es que pueden guardar luto los amigos del novio mientras el novio está con ellos?” Lo mismo que en nuestras bodas, en tiempos de Jesús tampoco se estilaba ayunar en la celebración, y en este caso, Jesús es el novio de los esponsales de Dios con su nuevo pueblo y con la nueva humanidad de los tiempos mesiánicos.
Aun así, nos anuncia: “Llegará el día en que se lleven al novio, y entonces ayunarán”.
Tampoco nosotros hemos de conformarnos con un ayuno -o unas prácticas cuaresmales- meramente externos. Sería muy superficial que quedáramos satisfechos por haber cumplido una serie de normas que nos marca la cuaresma: en color del vestido en las celebraciones eucarísticas; la supresión del gloria y del aleluya, las pequeñas privaciones en los alimentos…y no profundizáramos en lo más importante, de lo que estos ritos exteriores quieren ser signo y recordatorio.
El ayuno, por ejemplo, debería conducir a una apertura mayor para con los demás. Ayunar para poder dar a los más pobres. Si la falta de caridad continúa, si la injusticia está presente en nuestro modo de actuar con los demás, poco puede agradar a Dios nuestro ayuno y nuestra cuaresma.
La lista de “obras de misericordia” que recuerda Isaías tiene plena actualidad para nosotros: el ayuno cuaresmal debe ir unido a la caridad, a la justicia, a la ayuda concreta a los más marginados. Todavía más en concreto: “no cerrarte a tu propia carne”, o sea, a los miembros de nuestra familia, de nuestra archicofradía, que son los que en ocasiones más nos cuesta aceptar porque son los que están más cerca.
Nuestro ayuno cuaresmal no es signo de tristeza. Tenemos al Novio entre nosotros: el Señor Resucitado, en quien creemos, a quien seguimos, a quien recibimos en cada Eucaristía, a quien festejamos en cada Pascua. Nuestra vida cristiana debe estar claramente teñida de alegría, de visión positiva y pascual de los acontecimientos y de las personas. Porque estamos con Jesús, el Novio.
Pero a la vez esta presencia no es transparente del todo. Al Señor nos lo encontramos de forma real, sacramental cada vez que celebramos la Eucaristía, en el Pan y el Vino que son su Cuerpo y su Sangre, pero cada día seguimos diciendo “ven Señor Jesús”. Ansiamos su última venida. Pero esta espera del Señor tiene sus exigencias. Las muchachas que esperaban al Novio tenían la obligación de mantener sus lámparas provistas de aceite, y los invitados al banquete de bodas, de ir vestidos como requería la ocasión.
Por eso tiene sentido el ayuno. Un ayuno de preparación, de reorientación continuada de nuestra vida. Un ayuno que significa relativizar muchas cosas secundarias para no distraernos. Un ayuno serio, aunque no triste.
Nos viene bien a todos ayunar: privarnos voluntariamente de algo lícito, pero no necesario, válido pero relativo. Eso nos puede abrir más a Dios, a la Pascua de Jesús, y también a la caridad con los demás. Porque ayunar es ejercitar el autocontrol, no centrarnos en nosotros mismos, relativizar nuestras apetencias para dar mayor cabida en nuestra existencia a Dios y al prójimo.
Como decía un prefacio de Cuaresmo del antiguo misal: “con nuestras privaciones voluntarias (las prácticas cuaresmales) nos enseñas a reconocer y agradecer tus dones (apertura a Dios), a dominar nuestro afán de suficiencia (autocontrol) y a repartir nuestros bienes con los necesitados, imitando así tu generosidad (caridad con el prójimo)”.
Muchos ayunan por prescripción médica, para guardar la línea o evitar el colesterol. Los cristianos somos invitados a ejercitar el ayuno para aligerar nuestro espíritu, para no quedar embotados con tantas cosas, para sintonizar mejor con el Nazareno del Paso, que camina hacia la cruz y también con tantas personas que no tienen lo suficiente para vivir con dignidad.
El ayuno nos hace más libres. Nos ofrece la ocasión de poder decir “no” a la sociedad de consumo en que estamos sumergidos y que continuamente nos invita a más y más gastos para satisfacer necesidades que nos creamos nosotros mismos.
No es un ayuno autosuficiente y meramente de fachada. No es un ayuno triste. Pero sí debe ser un ayuno serio y significativo: saberse negar a la carne cuando esté mandado, pero no sólo; podemos buscar otras negaciones que nos ayuden a crecer, como signo de que queremos ayunar sobre todo de egoísmo, de sensualidad, de apetencias de poder y orgullo y de consumismo.
Nos encontramos esta tarde celebrando la Eucaristía; nos encontramos en el marco incomparable de esta Basílica a los pies del Nazareno del Paso y bajo la atenta mirada de María Santísima de la Esperanza. Podríamos plantearnos esta tarde como vivimos nuestro ayuno. Qué estamos dispuestos a hacer, en el sentido de la apertura a Dios, del autocontrol y la caridad, para mostrar al mundo y mostrar al Señor que nos estamos vistiendo con los trajes de fiesta para cuando Él venga. Qué actitudes hemos de purificar en nuestra vida para que nuestro ayuno sea en realidad un signo de la transformación del corazón y no un simple gesto tradicional en nuestra vida.
Que le pidamos esta tarde al Nazareno del Paso que sea su Madre, reina de Esperanza, la que nos guíe y enseñe en la cotidianidad de nuestra vida que sin sacrificio no hay superación, que sin cruz no hay resurrección y que, sin llenar nuestro corazón de la presencia sanadora y transformadora del Espíritu Santo, no tendremos sitio en la fiesta que Él mismo nos ofrece. Que así sea.

Homilía, 1º día de triduo: “No podemos apartar ni la mirada ni el alma de la vida del Nazareno del Paso”

Señor hermano Mayor de la Real y Pontificia Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza Coronada, miembros de la Junta de Gobierno y fieles todos. No puedo comenzar de otra manera que agradeciendo la invitación realizada por boca de vuestro rector para poder compartir estos días de culto y oración en torno al Dulce nombre de Jesús Nazareno del Paso y bajo la mirada atenta de María Santísima de la Esperanza Coronada

Al toque de la ceniza intensificamos nuestro trabajo en el interior de nuestra Archicofradía y vamos perfilando los detalles que nos tienen que llevar a mostrar un año más a fieles y devotos el misterio de amor que lleva a Jesús de Nazaret a cargar con su Cruz y recorrer el camino del Calvario, que es camino Esperanza para todos los que hemos sido tocados en el Corazón por su divina misericordia y, acompañando a su madre, que nos sigue invitando, una y otra vez, a escuchar sus palabras en las bodas de Caná que nos indican que en la alegría y en el dolor, en la salud y en la enfermedad no podemos apartar ni la mirada ni el alma de la vida del Nazareno del Paso y tenemos que dejarnos traspasar por su vida que es camino y verdad que nos conduce al Padre.

Pero hemos estar muy atentos porque el trabajo de campo en la albacería y en las diversas tareas de la Archicofradía pueden hacer que de tanto preparar un Jueves Santo de Pasión y Gloria en las calles nos descuidemos de lo fundamental, que en este grupo humano no es otra cosa que preparar nuestro cuerpo y nuestro espíritu para vivir con intensidad estos días que se avecinan

Comenzábamos ayer el tiempo de Cuaresma y lo hacíamos leyendo el evangelio en el que Cristo mismo nos ofrece tres medios para acercarnos de una forma más intensa a Dios en este tiempo. Hoy somos nosotros, miembros de esta Archicofradía, los que nos agarramos a la Cruz de la vida para recorrer, junto al Nazareno del Paso, este camino que nos invita a entrar en lo profundo de nuestra alma, para descubrir cuales son aquellos aspectos que nos separan De Dios y del hermano, y pedirle al Padre que nos conceda el ánimo y la Gracia para poder combatirlos.

Podemos caer en el error de pensar que este camino que ahora comenzamos es sólo un camino ascético que nos tiene que poner a tono en nuestra vida moral; pero si pensamos que la cuaresma es sólo eso, estamos muy equivocados, porque, la cuaresma es más; porque se nos invita a que entremos en lo mas profundo de nuestro ser para, tocando las fibras de nuestra alma, convertirnos y reencontrarnos en la senda de la muerte y Resurrección de Cristo en la que fuimos adscritos en el bautismo.

Las lecturas de hoy van por ahí. En la primera se le muestran a Israel dos caminos dispares e incompatibles: Vida o muerte, bendición o maldición, según elija servir al Señor o la ruptura de la alianza por la idolatría. Tal alternativa supone libertad y madurez de elección. El tema de los dos caminos es frecuente en la Biblia. Jesús también habló de la senda estrecha que conduce a la vida y de la ancha que lleva a la perdición. Dos opciones posibles, siempre ofrecidas a nuestra libre elección; pero sus consecuencias son muy dispares: la vida o la muerte, la nada o la transfiguración.

En el evangelio, después de anunciar Cristo su pasión, muerte y resurrección, viene a decir a sus discípulos que ser cristiano tiene un alto precio, porque no es un título que se nos regala para que lo luzcamos en la solapa sin más, sino que para ser contado entre los suyos, hemos de cumplir las condiciones que él mismo nos dice hoy en el Evangelio: “El que quiera seguirme, que se niegue a sí mismo, cargue con su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa, la salvará”.

Son las paradojas que le gustaban a Jesús y que Dios nos propone continuamente. Los verbos renunciar, cargar la cruz y seguir a Cristo son sinónimos; como lo son, por extraño que parezca y paradójico que resulte, perder la vida por Cristo y ganarla definitivamente.

Este el el secreto de la cuaresma: perder la vida para ganarla, como Cristo. Es muy bonito de decir, pero en cuanto nos enfrentamos a nuestra vida, descubrimos nuestra debilidad, cuando con confrontamos con la realidad, descubrimos nuestro pecado; pecado que nos puede llevar a disculpar o incluso hacernos creer que vamos por la senda correcta. Hemos de estar muy atentos para no caer en la complacencia y buscar el camino de la muerte. Sí, me habéis escuchado bien, la muerte, pero no la muerte física como la entendemos, sino la muerte al pecado y a todo lo que nos aleja de Dios y del hermano, y más aun, la muerte a nosotros mismos; a vaciarnos de nuestro yo: de nuestra soberbia, de nuestro orgullo, de nuestro egoísmo, de nuestra lujuria, de nuestros odios y rencores, de nuestras faltas de solidaridad, de nuestras injusticias, pero, más aun, también de nuestros gustos y apetencias, de nuestros anhelos y ambiciones para, vaciándonos del todo, vayamos pidiendo la gracia de llenarnos de Cristo, de su amor, de su esperanza, de su alegría, en definitiva…de su Vida. Anhelar que no seamos nosotros y nuestros intereses, sino Cristo y su reino el que habita nuestro interior y nos empuja a salir y servir en la cotidianidad de nuestra vida a aquellos con los que nos vamos desgastando en nuestro día a dia (familia, miembros de la Archicofradía) y con los que nos vamos encontrando a cada momento. Que nuestro paso sea reflejo de ese hombre nuevo que no lucha por otra cosa, sino por Cristo, por su Reino y por ganar almas para Él.

Y haciendo ese esfuerzo, pidiendo esa gracia en nuestra vida, trabajando para que cada minuto no sea mío sino del Señor, iremos transformando nuestra realidad, iremos transformando nuestro día a día. Nos abandonará la tristeza, olvidaremos las insatisfacciones de nuestra vida, porque nuestro único afán no será otro que Cristo, y aunque descubramos que no damos frutos, tampoco desesperaremos porque nuestra vida no será nuestra, sino del Señor, que perdiendo su vida cargando y muriendo en la Cruz, resucita glorioso del Sepulcro y nos ofrece a todos los que queramos seguirle, por el camino que nos marca, la misma vida de plenitud.

Y es aquí que nos descubrimos como Archicofradía, como miembros de una Asociación pública de fieles que, desde la fe y la devoción al Nazareno del Paso, trabajando por cambiar nuestra realidad personal, vemos como animándonos unos a otros, ya no solo es nuestra realidad la que estamos llamados a cambiar, sino que nuestra meta va más allá. El esfuerzo personal, en el Nazareno del Paso, se convierte en esfuerzo compartido, y animándonos unos a otros, teniendo claro cual es la fe que nos une y la Gracia que nos mueve, tenemos que ir transformando, desde nuestra Archicofradía a nuestras familias y a todos los que nos encontremos a nuestro paso. Que descubran que no solo lucimos medalla, sino que ese privilegio se convierte en carga de amor y en llamada no solo para pensar que es posible vivir de otra manera, sino para poner todo nuestro empeño en vivir desde Cristo y para Cristo.

Pidamos hoy al Señor, a través de la imagen del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso, para que nuestra vida, al término de esta Cuaresma, no sea nuestra, sino de él, y que nuestro interés no sea el nuestro, sino el suyo, que busca la Salvación y la vida para todos los que quieran unirse a su causa. Que así sea.

2º día de triduo: “Ella tiene Don de la Esperanza para la humanidad porque lleva en su seno bendito a quien es razón para la alegría”

A continuación, reproducimos un fragmento de la homilía pronunciada por D. Manuel Ángel Santiago Gutiérrez, arcipreste de Santa María de los Ángeles que ha oficiado el segundo día de triduo en honor a María Santísima de la Esperanza:

“Nos congrega esta tarde, una vez más, la buena noticia de Jesús. Su presencia, como agua viva y como aquel que viene a darnos su Salvación. Su presencia eucarística, símbolo de un pueblo que camina iluminado por el Señor, y en Él, siempre nuestra fuerza en él y en ese encuentro con una voz que se derrama en nuestros corazones. Somos conscientes de que la liturgia no es recuerdo de algo, si no de alguien. Y algo más. Es presencial real. De nuevo, el Señor, en su pequeñez y en grandeza, va a iluminar nuestras vidas con la fuerza del evangelio. El tercer domingo de adviento tiene unas características especiales. Nos invita a prepararnos a la fiesta de la Navidad con un corazón bien dispuesto. Dispuesto a acoger la alegría y a preparar nuestras vidas para ese encuentro desbordando de gozo el corazón.

Tercer domingo de adviento. Tiempo para renovar la alegría en un mundo donde a veces predomina la tristeza. El corazón del hombre, saciado de múltiples experiencias, del consumismo y de una vida sin sentido, termina siendo un corazón sin esperanza y triste en el que predomina lo efímero. El Señor nos invita hoy, precisamente a los pies de María Santísima de la Esperanza, para renovar en nuestro interior el gozo del encuentro, al estilo de la Virgen María. La Virgen irrumpe en un canto de alabanza a Dios en la lectura de hoy. Una fuerza que brota del espíritu en su interior. No es efímero, sino suscitado por la misma fuerza del Espíritu Santo. Ella es centro del don de la alegría y del don de la Esperanza para la humanidad porque lleva en su seno bendito a quien es razón para la alegría”.

1º día de triduo: “La Esperanza es un don que concede Dios a cada persona que está dispuesta a abrir el corazón”

A continuación, reproducimos en fragmento de la homilía pronunciada por don Carlos Samuel Córdoba durante el primer día de triduo en honor a María Santísima de la Esperanza:

 

“La primera vez que oí hablar de la Virgen de la Esperanza fue por un compañero de seminario. No tenía idea de que existiera esta advocación tan fuerte aquí en Málaga. Y aquí vine también con él, a besar las manos de la Virgen. Una persona fue la que me trajo a esta Basílica, sacerdote y hermano en el Ministerio. Una persona que nos ha enseñado a todos en el seminario a pertenecer a esta Cofradía. Digo esto porque quiero resaltar la importancia que cumplen los verdaderos devotos de una Madre y un Hijo. Ellos acercan a otros al corazón de la Virgen. Y nuestra tarea y nuestra misión es acercar a otras personas a que conozcan a la Virgen de la Esperanza. La Madre de Salvador y la Mujer que se convierte en espejo para nuestra Fe. Si nosotros nos detenemos a pensar en todos los acontecimientos de la vida de María, encontramos en ella a una Mujer que posee la virtud teologal de la Esperanza. Porque hoy podemos hablar de dos clases de Esperanza: una, que se convierte en una especie de optimismo; y otra, una gracia de Dios, un don que concede a cada persona que está dispuesta a abrir el corazón.

Todos creemos que algún día nos tocará la lotería. Esa es una esperanza vana, mundana, de nuestro tiempo. Pero hay una Esperanza que tuvo una mujer sencilla de su tiempo y que la llevó a encontrar la Esperanza que nunca defrauda. María de Nazaret se convierte en aquella mujer que, confiando en las palabras de Dios, creyó que lo que decían los profetas se cumplirían. Los cristianos de 2017 tenemos una esperanza grande: encontrar el rostro de Cristo y Dios el día en que seamos llamadas a participar en la visión Divina.”

Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza celebra solemne triduo según sus estatutos a María Santísima de la Esperanza en su Basílica los días 15, 16 y 17 de diciembre a las 20:00h.

Predicadores:

Viernes 15: Rvdo. D. Carlos Samuel Córdoba Carmona, Vicario Parroquial de Santo Domingo.

Sábado 16: Muy Rvdo. D. Manuel Ángel Santiago Gutiérrez, Arcipreste de Santa María de los Ángeles.

Domingo 17: Iltmo. Sr. D. Antonio Coronado Morón, Vicario Parroquial para Laicado Asociado, Vicario Judicial y Director Espiritual de la Archicofradía. Durante dicha Eucaristía se procederá a la acogida e imposición de medallas a los nuevos hermanos.

El día 18 de diciembre a las 20:00h, Función Principal en honor a nuestra Excelsa Titular.

Predicará Iltmo. Mons. José Ferrary Ojeda, Vicario General de nuestra Diócesis.

Tras la celebración de la Eucaristía, la Banda de Música de la Archicofradía interpretará marchas en su honor.

Durante los días 18, 19 y 20 de diciembre, devoto besamano a María Santísima de la Esperanza.