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“Nuestra Esperanza en la Resurrección”, por Andrés E. García

El mes de noviembre está marcado principalmente por dos celebraciones; Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Ambas nos confrontan con la realidad de nuestra finitud y la muerte, pero también con la esperanza cristiana en una vida más allá.  Por todo ello, cabe preguntarse por el sentido teológico del núcleo y fundamento de la fe pascual, pues la Resurrección de Cristo -primicia y fundamento de la nuestra- es el corazón de la esperanza cristiana. A continuación daremos unas pinceladas.

En primer lugar, conviene recordar que  la muerte de Jesús supuso una ruptura radical, un mentís a su mensaje y pretensiones. Es por ello que la causa de Jesús tenía muy pocas probabilidades históricas de seguir en pie tras la muerte maldita de la cruz pues, como afirman la mayoría de estudiosos, en el caso particular de Jesús no puede separarse su mensaje de su persona. En efecto, en palabras de Kessler:

La violencia del final realmente imprevisto, lo incomprensible de la muerte maldita los sorprendió, a pesar de todo, desprevenidos y destruyó de golpe las esperanzas despertadas por Jesús. No hay que olvidar esto. El fin ignominioso de Jesús en el madero de la cruz significó para sus discípulos un trauma difícil de ponderar.

No fue sólo el fin ignominioso del justo (por su fidelidad al Dios de la Ley) ni del destino violento de los profetas en Jerusalén (incluido Juan Bautista) […] Era otra cosa más grave: Jesús había declarado su pretensión única, inaudita, de situarse como soberano (en nombre de Dios) por encima de las barreras de la Ley y había muerto en una cruz; es decir, como un maldecido por la Ley (y por el Dios de la Ley). Esto era algo totalmente diferente y no sólo en el contexto de la época […] Para las autoridades judías (el Sanedrín) y para la opinión pública judía su mensaje divino quedó anulado y él desenmascarado como falso mensajero de Dios. Esto hundió totalmente a los discípulos: éstos huyen (Mc 14,27s.50)[1].

 

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Se entiende entonces que la primera predicación apostólica se vehicule de la siguiente manera: «Vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de unos impíos, pero Dios lo resucitó»; «a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos»; «el Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero» (Hechos de los Apóstoles 2,23-24; 4,10; 5,30…) En efecto:

Con su acción resucitadora, Dios ha confirmado la vida y el mensaje de Jesús, su proyecto del reino de Dios y su actuación entera. Lo que Jesús anunciaba en Galilea sobre la ternura y misericordia del Padre es verdad: Dios es como lo sugiere Jesús en sus parábolas. Su manera de ser y de actuar coincide con la voluntad del Padre. La solidaridad de Jesús con los que sufren, su defensa de los pobres, su perdón a los pecadores, eso es precisamente lo que él quiere. Jesús tiene razón cuando busca una vida más digna y dichosa para todos. Ese es el anhelo más grande que guarda Dios en su corazón. Esa es la manera de vivir que agrada al Padre. Ese es el camino que conduce a la vida[2].

 

Esta forma de actuar llevó a Jesús a la muerte ignominiosa de la cruz. Lo que tendría que ser motivo de condenación, se convierte en lugar de reconciliación. En Jesucristo Dios y hombre vencen juntamente al pecado. En la máxima manifestación del odio, la cruz, se manifiesta un amor capaz de destruir la dinámica del mal, librando al hombre de las ataduras del pecado. La resurrección juega en esto un papel fundamental. Así pues:

La resurrección de Jesús significa no sólo la aceptación y confirmación definitiva de Jesús así como su incorporación a la comunión de vida y amor con Dios. En la resurrección y glorificación de Jesús Dios ha aceptado más bien incluso el ser de Jesús por los otros y ha hecho la paz y se ha reconciliado definitivamente con el mundo. En y por Jesús el amor de Dios se encuentra ahora irrevocablemente volcado hacia todos los hombres[3].

 

A mayor abundamiento:

Los cristianos comprenden la resurrección como un acto de Dios, como un acto del amor paterno divino. Con ello Dios revela la nueva dimensión a la que está destinada la historia humana, porque la resurrección de Jesús se confiesa como una primicia del destino global de la historia (Rom 8,22). Además, Dios aprueba la vida de Jesús como el contenido último de su voluntad salvífica para los hombres. Así invalida todas las anteriores relaciones y revelaciones que ha mantenido con Israel que no coincidan con las líneas de actuación y mensaje de Jesús[4].

 

La resurrección es, en definitiva, el sí de Dios a Jesús de Nazaret.  Lo que era desde siempre el Logos asarkos (el Logos eterno, la Segunda Persona de la Trinidad) lo es ya plenamente el Logos ensarkos (el Logos encarnado). Por ella Jesús, en cuanto ser humano, queda constituido como Cristo, Mesías, Señor e Hijo (cf. Hch 2,36; Rom 1,4). La resurrección es, por tanto, la encarnación consumada[5].

En cuanto encarnación consumada, la resurrección abre una nueva meta en la historia de los hombres. Así nos lo señaló el papa Benedicto XVI:

La resurrección fue un estallido de luz, una explosión de amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del `morir y devenir´. Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera transformada, y a través del cual surge un mundo nuevo. […] Es un salto cualitativo en la historia de la evolución y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí[6].

 

La muerte y la resurrección de Jesús son la prueba de que Dios no guarda silencio ante el mal. Al contrario, solidarizándose con sus criaturas atravesó las realidades que le son contrarias (mal, pecado, muerte) y las venció con la fuerza de su amor. El Dios cristiano no abandona a su criatura ni tan siquiera en el último trance, pues incluso el abismo de la muerte ha sido iluminado con la presencia de Jesús.

La resurrección es claro testimonio de que el verdugo no prevalecerá sobre las víctimas. Ni el mal, ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra, pues aún cuando ganen muchas batallas, en la totalidad de lo real han sido vencidos para siempre. Con razón podía decir Pablo,  «estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro»[7].

La resurrección expresa la percepción, por lo demás misteriosa, de que este mundo no es una historia cerrada en sí misma, sino que está abierto al poder transformador de Dios. Es por ello que la resurrección es, ante todo, un paradigma de esperanza para toda la humanidad, pues recrea las relaciones fraternas fracturadas por el pecado y sitúa a la humanidad en el horizonte de la propia vida divina, más allá de la muerte.

 

Para acabar, me parece pertinente traer a colación un fragmento, verdaderamente acertado, de un artículo escrito por el filósofo agnóstico Félix de Azúa:

Hace unos días asistía al funeral de una excelente persona muy querida por cuantos la conocieron. La parroquia estaba más bien mohína… hasta que comenzó el sermón y nos pusimos todos tristísimos. El buen cura vino a decir que lo mejor que puede hacerse en esta vida es morirse, porque de inmediato nos disolvemos en la luz divina como chispas devoradas por un alegre y vertiginoso incendio. Lo cual está muy bien, pero lo planteaba como algo estrictamente espiritual. Sólo nuestra parte inmaterial pasaba a formar parte de tan colosal luminosidad.

Ni una palabra dijo sobre la parte carnal. Ahora bien, sin la resurrección de la carne, la gloria eterna se queda en un cursillo de filosofía platónica, a todo tirar hegeliana, dos potentes pensamientos ateos. Sin la resurrección de la carne, la promesa católica de  inmortalidad se reduce a tener portal en un Internet eterno.

 Católicos, no os dejéis arrebatar la  Gloria de la carne, no os hagáis platónicos. Que, sobre todo, el cuerpo sea eterno es la mayor esperanza que se puede concebir y sólo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara.

[…] Porque todos querríamos, tras la muerte, volver a ver los ojos de las buenas personas, e incluso los ojos de las malas personas; en fin, ver ojos, no solamente luz[8].

 

Andrés Eduardo García Infante

Vocal de Formación


[1] Kessler, La resurrección de Jesús, 84.

[2] Pagola, Jesús. Aproximación histórica, 393.

[3] Kasper, Jesús el Cristo, 190.

[4] Martínez Fresneda, Jesús de Nazaret, 767.

[5] Así lo afirmó, entre otros, el papa Juan Pablo II: «En la resurrección se reveló el hecho de que ‘en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección ‘completa’ la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también la plenitud de la Revelación». Juan Pablo II, catequesis del 8.III.1989, en http://www.vatican.va/holy_father /john_paul_ii/audiences/1989/documents/hf_jp-ii_aud_19890308_sp.html

[6] Benedicto XVI. Homilía de la Vigilia Pascual, 16-IV-2006, en http://www.vatican.va/holy_father /benedict_xvi/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060415_veglia-pasquale_sp.html

[7] Rm 8,38-39.

[8] F.De Azúa,  «Carne», El País, 21 de junio del año 2000.