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“Mi catequista”. Carta de Miguel Gutiérrez

A buen seguro, te resultarán familiares las siguientes expresiones: “Qué coñazo, hoy tengo catequesis”; “yo me confirmo para quitármelo de en medio”; “si no planteasen requerirlo para pertenecer a la junta de gobierno, anda que yo iba a confirmarme”; “se confirman parte de los jóvenes de mi hermandad y no podía decir que no…”

La realidad es que cuando señalamos a la Formación como el gran debe de nuestras hermandades, el índice apunta directamente a nosotros, los que mantenemos vivo el ascua cofrade durante todo el año. Es fracaso nuestro, y no pocas veces se alude a ello desde la cómoda posición de la conjugación en tercera persona.

Durante mi periodo de preparación para recibir el sacramento de la confirmación, he recordado con asiduidad citas como las que he hecho constar al comienzo, y que han salido de boca de conocidos que en los últimos años han recibido dicho sacramento, culmen de la iniciación cristiana. Negar que esas expresiones salen de boca de muchos cofrades sería echar leña al fuego de nuestro fracaso. Y no seré yo quien lo haga. Nunca me gustaron las prebendas ni los ornatos prendidos por la vergüenza.

Muchos de mis hermanos archicofrades no viven de cerca la realidad diaria de nuestra hermandad -por respetable voluntad o por justificada obligación-. En estas líneas me apetecía contarles que durante estos meses ha existido un grupo de confirmación en el seno de la hermandad. Un grupo nutrido no solo de hermanos, sino también de allegados que se han embarcado a este navío de pasarelas tendidas, y muchos de los cuales han terminado por rubricar su pertenencia a nuestra archicofradía. Ese grupo de confirmación ha sido, de lejos, de las mejores nuevas que han sucedido en la Esperanza en muchísimos años. Una pica en Flandes en el erial de la Formación. En mi hermandad se hace, se trabaja, se propone y se ofrece Formación. Se me llena la boca al decirlo. Se nos debe llenar la boca al decirlo. Y buena parte de ello se lo debo a mi catequista, a quien dirijo esta carta abierta.

Mi catequista se llama Andrés. Conocí a Andrés a través de su acercamiento al área de albacería, en el que me muevo a diario junto a mis sufridos compañeros de albacería entre tornillos, arandelas, espárragos, enseres y decapadores. Cruzar dos palabras con Andrés es suficiente para descubrir una conciencia comprometida, una sapiencia honda y una vasta cultura reposando en sus entendederas. Siempre vislumbré con preocupación que, en ocasiones, se haya desaprovechado talento en tantos jóvenes que pasaron o pasan por la hermandad, a la cual aportaron menos de lo que se les permitió o valoró, y que terminaron por donar ese talento a otras cofradías en las que supieron darles un cariño y un valor que, demérito nuestro, aquí no hallaron.

Con Andrés, a Dios gracias, no ha sido así. Se le dieron las riendas de la Formación a un teólogo y maestro, y el resultado se traduce en charlas trimestrales de formación y en un grupo maravilloso de confirmación que ha servido para estrechar lazos y hacer hermandad. Andrés me ha aportado en lo personal y en lo espiritual. En un mundo donde tiramos cada vez más por la vía fácil y nos servimos a mesa puesta, escasean formadores -sea en la materia que sea- que escudriñen, aviven y estimulen las seseras, lejos del adoctrinamiento con calzador que insufla aprendizajes autómatas y vacuos en las cisuras del cerebro. Mi catequista no es así. Él nos hacía pensar, reflexionar; nos abría nuevas ventanas para contemplar las realidades del mundo y los misterios de Dios.

Mi catequista ama lo que hace. Cuando alguien ama lo que hace, se percibe; es algo intangible que casi pudiese ser palpable. Él ama hablar a los demás de su fe, contagiar su compromiso con la Iglesia y con la sociedad a través de ella. En los tiempos que corren, esto no es común -entre otras cosas, porque esa misma sociedad adocenada y reflexivamente vaga es, por definición, intransigente hacia quien lleva una cruz por delante en su presentación como ciudadano del siglo XXI-. Mi catequista lo mismo tira de ironía para reír que llora hablando de los palos que la vida ha puesto en su rueda existencial. Y claro, tú ríes con él. Y lloras con él.

Abiertamente, sin tapujos, sin pudor. Porque es capaz de crear una atmósfera en que todos nos imbuimos en una sinergia entre nosotros y con él. Parece de perogrullo, pero no lo es: no todo el mundo consigue hablar del Nazareno con cristalina claridad. Pero en mi catequista se intuye un “algo” distinto en los ojos cuando habla del rabí de Galilea. Una especie de adhesión sincera y comprometida que sustenta en sus propias convicciones y que sustenta en los demás. Porque mi catequista no se da golpes de pecho por su fe ni se cree mejor cristiano que nadie. Nos enseña a ser conscientes y reconocer nuestros errores, que son los mismos, ni más ni menos, que los del prójimo inmediato, y los del otro, y los de ese otro también. Pero, amén de ello, nos da herramientas para ser mejores. Mejores personas y cristianos. Que la primera no necesita estrictamente de la segunda, pero pocos como mi catequista para mostrar las convergencias entre ambas y los modos de sacar partido y explotar lo uno con lo otro, hasta convertirlo en indisoluble.

Es reconfortante saber que el camino de nuestra confirmación no se detiene el 10 de junio, en que el Espíritu Santo sea flamígero don sobre nuestras sienes. En la Archicofradía se ha puesto una pica en Flandes, decía. Vendrán charlas formativas, reuniones mensuales, eucaristías conjuntas. Ojalá vengan más grupos de confirmación al que se sumen más archicofrades -jóvenes, mayores, no hermanos que acaben haciendo de la hermandad algo indispensable en su vida-. Todo ello vendrá porque mi catequista es un todoterreno en la virtud de compartir. Siempre enseña algo nuevo, cuenta algo nuevo, descubre algo nuevo. ¿Qué quiero decirte con esta carta, hermano? Que las puertas están abiertas para descubrir todo eso de lo que te hablo. Que “la Formación” puede no ser ese tostón del que algunos te hablan desde la vanidad y el estéril encuentro ocasional con la Verdad a la que nos debemos. Que en las catequesis se habla de la Iglesia, sí. Se habla. Faltaría más, pues es donde estamos. Pero se reflexiona, se aprende, se indaga. Hablamos de la sociedad, de las lacras que manchan los periódicos. Compartimos sin tabúes nuestras inquietudes y preocupaciones. Opinamos sin censura y en un ambiente receptivo sobre la vida, y todo lo que ello concierne, que poco no es. Compartimos, en definitiva. No hay ningún verbo con más sentido en la hermandad que “compartir”. Ninguno. Una hermandad no es mandar, comprar, restaurar, procesionar, promocionar, vender. Que no te cuenten pamplinas que quedan en la superficie. Una hermandad, al final, es compartir.

Y yo sé que tú compartes la ilusión de vestir tu túnica el Jueves Santo, la emoción de arrimarte al varal el Jueves Santo, el deseo de regalar tus notas musicales el Jueves Santo, la esperanza de un nuevo Jueves Santo. Y en buena medida lo compartes con tu familia, si acaso con los allegados más íntimos, de Jueves Santo en Jueves Santo. Siempre en Jueves Santo. Como un bucle entre los cuales existe una nada rellena de la nada. Pero mi catequista ha conseguido que cada jueves, desde septiembre, fuese Jueves Santo. Porque ahí, en sus catequesis, también estaban junto a nosotros el Nazareno y la Esperanza. Y lo hemos compartido entre los hermanos, que acaban por ser familia, que enriquece tu vida. La primera enseñanza de la Formación debería ser que la hermandad se construye todo el año en torno al Nazareno y la Esperanza. En adelante, cuánto de Dios queda por deshojar en las enseñanzas de mi catequista.

Gracias, Andrés. Mi catequista. Que Dios te bendiga.