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Homilía de don José Manuel Ferrary pronunciada en la función principal en honor a María Santísima de la Esperanza

Hermano Mayor de la Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza

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Hermanos todos en el Señor

¡Qué hermosa! Así tenemos que comenzar hablando de María, porque así es la Virgen, Esperanza nuestra, llena de gracia, la más perfecta criatura, la que proclama la grandeza del Señor: toda Ella refleja a Dios, es la que fue iluminada que ilumina, aquella lámpara que arde y alumbra nuestra oscuridad, la Madre que acompaña, acoge y que siempre consuela, comprende y despierta en cada uno de los cristianos la fe en Cristo, el Señor.

¡Qué portentosa! Porque una mujer sencilla es capaz por sí sola de arrastrar masas fortaleciendo nuestra pobre fe y llenándonos de la esperanza que tanto necesitamos. ¡Qué gozo!, percibir que la Madre de Dios quiere ser, y es, nuestra Madre. ¡Qué maravilloso!, notar que Ella siempre está en nuestra vida y experimentar cómo, sin saber cómo ni por qué, nuestro cuerpo se conmueve al ver a la imagen de María Santísima de la Esperanza coronada aquí en su Basílica, y cómo nos entusiasma cuando sale en procesión bendiciendo a su paso el romero que perfuma Málaga en esa madrugada del Jueves Santo.

¡Qué bien ha entendido el pueblo fiel el misterio y la grandeza de María al proclamarla y venerarla como Madre, Señora y Esperanza nuestra!

Esta imagen, que cada 18 de diciembre se nos acerca, es una invitación apremiante a la pureza, a la limpieza de corazón, a la caridad; con ella la vida del cristiano tiene que ser luminosa, clara, transparente, sin hipocresías ni dobleces. Y es que, al resguardo de María Stma nuestra vida de fe florece, se incrementa nuestro amor y, sobre todo, se afianza nuestra esperanza ante las situaciones difíciles que surjan pues siempre hay una mirada, una oración, una “esperanza” que se anhela verse cumplida ante esta imagen que hoy nos da a besar su mano.

Por eso hoy le rezamos pidiéndole que nos entregue siempre la Esperanza de sus manos para que, agarrados a ellas, no perdamos el rumbo de nuestra fe; queramos sentir la necesidad de mirar la vida con los mismos ojos que Ella la miró, para obtener la Esperanza de la necesaria mansedumbre en nuestro comportamiento y aspiremos, como no, a ser motivo de Esperanza con nuestra palabras. Pero sobre todo que siempre sepamos vivir con un espíritu de Esperanza, acogidos al regazo de nuestra Madre, para inundar de alegría nuestro alrededor, nuestra Archicofradía, nuestras Cofradías de Málaga, nuestras familias, nuestra ciudad…

¡Esperanza!, qué profunda alegría y paz siente nuestra alma al oír dicha palabra. Yo creo que es la mejor expresión, el mejor sentimiento y la mejor definición de la vida.

La Esperanza es un don que Dios les regala a los malagueños. Y si ésta se reparte por los diversos rincones de nuestra ciudad, es aquí -en esta Basílica- donde esa “Oh” del Adviento se convierte en Esperanza; es aquí donde la Esperanza se viste de verde y morao, como lo hace Málaga, y es aquí donde la Madre y Señora nos habla al corazón malagueño de cada uno de nosotros y aquí se convierte y se llama la “Esperanza malagueña…., y perchelera”. Es Ella la que aquí ha querido acariciar con sus dedos el corazón de tantas familias, tantas generaciones, que le siguen suplicando por algo escondido en lo más íntimo de su alma y continúan llevando, orgullosos, en su corazón la devoción entregada por sus antecesores; es aquí donde la Esperanza tiñe de verde la vidas y el futuro de muchos que participan de la devoción familiar.

Abramos siempre nuestros oídos y nuestro interior a la Palabra salvadora de Dios como lo hizo María: así seremos felices y libres. Nunca dejemos a un lado nuestra oración a la Virgen. Ella que es nuestra Madre nos enseña cómo debemos ser, cómo nos debemos comportar con nuestro prójimo, nos lleva de la mano hacia su Hijo, nos indica cómo nuestra mirada debe dirigirse a Dios de forma permanente y no sólo en ocasiones de urgencia o de gravedad.

Hoy le damos gracias a María Santísima de la Esperanza coronada, que es nuestra Madre por todas nuestras madres, que nos llevaron a la fe. Le damos gracias por la vida que tenemos, que es un precioso regalo; gracias por esta Archicofradía que a muchos os vio nacer, a otros crecer y a otros incorporarse a ella; gracias por los amigos que hemos encontrado aquí a lo largo de nuestra existencia. Debemos elevar nuestra oración teñida de Esperanza por las veces que olvidándonos del Señor, Ella nos llevó de nuevo a Él; hoy también una oración especial, particular en mi caso, por nuestro amigo, pregonero, hermano de esta Archicofradía y devoto de la Virgen, Antonio Garrido que vive la Esperanza firme de una pronta recuperación de manos de su Madre, de nuestra Madre.

Gracias Madre de Esperanza por lo bueno que hemos vivido y por nuestras historias de dolor y de gozo; siempre en todo lo que ha acontecido en nuestras vidas te hemos visto acompañándonos con tu amor pero, sobre todo, porque has sido, eres y siempre has de ser nuestra constante Esperanza.