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“Nuestra Esperanza en la Resurrección”, por Andrés E. García

El mes de noviembre está marcado principalmente por dos celebraciones; Todos los Santos y los Fieles Difuntos. Ambas nos confrontan con la realidad de nuestra finitud y la muerte, pero también con la esperanza cristiana en una vida más allá.  Por todo ello, cabe preguntarse por el sentido teológico del núcleo y fundamento de la fe pascual, pues la Resurrección de Cristo -primicia y fundamento de la nuestra- es el corazón de la esperanza cristiana. A continuación daremos unas pinceladas.

En primer lugar, conviene recordar que  la muerte de Jesús supuso una ruptura radical, un mentís a su mensaje y pretensiones. Es por ello que la causa de Jesús tenía muy pocas probabilidades históricas de seguir en pie tras la muerte maldita de la cruz pues, como afirman la mayoría de estudiosos, en el caso particular de Jesús no puede separarse su mensaje de su persona. En efecto, en palabras de Kessler:

La violencia del final realmente imprevisto, lo incomprensible de la muerte maldita los sorprendió, a pesar de todo, desprevenidos y destruyó de golpe las esperanzas despertadas por Jesús. No hay que olvidar esto. El fin ignominioso de Jesús en el madero de la cruz significó para sus discípulos un trauma difícil de ponderar.

No fue sólo el fin ignominioso del justo (por su fidelidad al Dios de la Ley) ni del destino violento de los profetas en Jerusalén (incluido Juan Bautista) […] Era otra cosa más grave: Jesús había declarado su pretensión única, inaudita, de situarse como soberano (en nombre de Dios) por encima de las barreras de la Ley y había muerto en una cruz; es decir, como un maldecido por la Ley (y por el Dios de la Ley). Esto era algo totalmente diferente y no sólo en el contexto de la época […] Para las autoridades judías (el Sanedrín) y para la opinión pública judía su mensaje divino quedó anulado y él desenmascarado como falso mensajero de Dios. Esto hundió totalmente a los discípulos: éstos huyen (Mc 14,27s.50)[1].

 

Artículo web Cofradía de la Esperanza

Se entiende entonces que la primera predicación apostólica se vehicule de la siguiente manera: «Vosotros lo matasteis clavándole en la cruz por mano de unos impíos, pero Dios lo resucitó»; «a quien vosotros crucificasteis, Dios lo resucitó de entre los muertos»; «el Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis colgándolo de un madero» (Hechos de los Apóstoles 2,23-24; 4,10; 5,30…) En efecto:

Con su acción resucitadora, Dios ha confirmado la vida y el mensaje de Jesús, su proyecto del reino de Dios y su actuación entera. Lo que Jesús anunciaba en Galilea sobre la ternura y misericordia del Padre es verdad: Dios es como lo sugiere Jesús en sus parábolas. Su manera de ser y de actuar coincide con la voluntad del Padre. La solidaridad de Jesús con los que sufren, su defensa de los pobres, su perdón a los pecadores, eso es precisamente lo que él quiere. Jesús tiene razón cuando busca una vida más digna y dichosa para todos. Ese es el anhelo más grande que guarda Dios en su corazón. Esa es la manera de vivir que agrada al Padre. Ese es el camino que conduce a la vida[2].

 

Esta forma de actuar llevó a Jesús a la muerte ignominiosa de la cruz. Lo que tendría que ser motivo de condenación, se convierte en lugar de reconciliación. En Jesucristo Dios y hombre vencen juntamente al pecado. En la máxima manifestación del odio, la cruz, se manifiesta un amor capaz de destruir la dinámica del mal, librando al hombre de las ataduras del pecado. La resurrección juega en esto un papel fundamental. Así pues:

La resurrección de Jesús significa no sólo la aceptación y confirmación definitiva de Jesús así como su incorporación a la comunión de vida y amor con Dios. En la resurrección y glorificación de Jesús Dios ha aceptado más bien incluso el ser de Jesús por los otros y ha hecho la paz y se ha reconciliado definitivamente con el mundo. En y por Jesús el amor de Dios se encuentra ahora irrevocablemente volcado hacia todos los hombres[3].

 

A mayor abundamiento:

Los cristianos comprenden la resurrección como un acto de Dios, como un acto del amor paterno divino. Con ello Dios revela la nueva dimensión a la que está destinada la historia humana, porque la resurrección de Jesús se confiesa como una primicia del destino global de la historia (Rom 8,22). Además, Dios aprueba la vida de Jesús como el contenido último de su voluntad salvífica para los hombres. Así invalida todas las anteriores relaciones y revelaciones que ha mantenido con Israel que no coincidan con las líneas de actuación y mensaje de Jesús[4].

 

La resurrección es, en definitiva, el sí de Dios a Jesús de Nazaret.  Lo que era desde siempre el Logos asarkos (el Logos eterno, la Segunda Persona de la Trinidad) lo es ya plenamente el Logos ensarkos (el Logos encarnado). Por ella Jesús, en cuanto ser humano, queda constituido como Cristo, Mesías, Señor e Hijo (cf. Hch 2,36; Rom 1,4). La resurrección es, por tanto, la encarnación consumada[5].

En cuanto encarnación consumada, la resurrección abre una nueva meta en la historia de los hombres. Así nos lo señaló el papa Benedicto XVI:

La resurrección fue un estallido de luz, una explosión de amor que desató el vínculo hasta entonces indisoluble del `morir y devenir´. Inauguró una nueva dimensión del ser, de la vida, en la que también ha sido integrada la materia, de una manera transformada, y a través del cual surge un mundo nuevo. […] Es un salto cualitativo en la historia de la evolución y de la vida en general hacia una nueva vida futura, hacia un mundo nuevo que, partiendo de Cristo, entra ya continuamente en este mundo nuestro, lo transforma y lo atrae hacia sí[6].

 

La muerte y la resurrección de Jesús son la prueba de que Dios no guarda silencio ante el mal. Al contrario, solidarizándose con sus criaturas atravesó las realidades que le son contrarias (mal, pecado, muerte) y las venció con la fuerza de su amor. El Dios cristiano no abandona a su criatura ni tan siquiera en el último trance, pues incluso el abismo de la muerte ha sido iluminado con la presencia de Jesús.

La resurrección es claro testimonio de que el verdugo no prevalecerá sobre las víctimas. Ni el mal, ni el pecado ni la muerte tienen la última palabra, pues aún cuando ganen muchas batallas, en la totalidad de lo real han sido vencidos para siempre. Con razón podía decir Pablo,  «estoy seguro de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los principados, ni lo presente ni lo futuro, ni la altura ni la profundidad, ni cualquier otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro»[7].

La resurrección expresa la percepción, por lo demás misteriosa, de que este mundo no es una historia cerrada en sí misma, sino que está abierto al poder transformador de Dios. Es por ello que la resurrección es, ante todo, un paradigma de esperanza para toda la humanidad, pues recrea las relaciones fraternas fracturadas por el pecado y sitúa a la humanidad en el horizonte de la propia vida divina, más allá de la muerte.

 

Para acabar, me parece pertinente traer a colación un fragmento, verdaderamente acertado, de un artículo escrito por el filósofo agnóstico Félix de Azúa:

Hace unos días asistía al funeral de una excelente persona muy querida por cuantos la conocieron. La parroquia estaba más bien mohína… hasta que comenzó el sermón y nos pusimos todos tristísimos. El buen cura vino a decir que lo mejor que puede hacerse en esta vida es morirse, porque de inmediato nos disolvemos en la luz divina como chispas devoradas por un alegre y vertiginoso incendio. Lo cual está muy bien, pero lo planteaba como algo estrictamente espiritual. Sólo nuestra parte inmaterial pasaba a formar parte de tan colosal luminosidad.

Ni una palabra dijo sobre la parte carnal. Ahora bien, sin la resurrección de la carne, la gloria eterna se queda en un cursillo de filosofía platónica, a todo tirar hegeliana, dos potentes pensamientos ateos. Sin la resurrección de la carne, la promesa católica de  inmortalidad se reduce a tener portal en un Internet eterno.

 Católicos, no os dejéis arrebatar la  Gloria de la carne, no os hagáis platónicos. Que, sobre todo, el cuerpo sea eterno es la mayor esperanza que se puede concebir y sólo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara.

[…] Porque todos querríamos, tras la muerte, volver a ver los ojos de las buenas personas, e incluso los ojos de las malas personas; en fin, ver ojos, no solamente luz[8].

 

Andrés Eduardo García Infante

Vocal de Formación


[1] Kessler, La resurrección de Jesús, 84.

[2] Pagola, Jesús. Aproximación histórica, 393.

[3] Kasper, Jesús el Cristo, 190.

[4] Martínez Fresneda, Jesús de Nazaret, 767.

[5] Así lo afirmó, entre otros, el papa Juan Pablo II: «En la resurrección se reveló el hecho de que ‘en Cristo reside toda la plenitud de la Divinidad corporalmente’ (Col 2, 9; cfr. 1, 19). Así, la resurrección ‘completa’ la manifestación del contenido de la Encarnación. Por eso podemos decir que es también la plenitud de la Revelación». Juan Pablo II, catequesis del 8.III.1989, en http://www.vatican.va/holy_father /john_paul_ii/audiences/1989/documents/hf_jp-ii_aud_19890308_sp.html

[6] Benedicto XVI. Homilía de la Vigilia Pascual, 16-IV-2006, en http://www.vatican.va/holy_father /benedict_xvi/homilies/2006/documents/hf_ben-xvi_hom_20060415_veglia-pasquale_sp.html

[7] Rm 8,38-39.

[8] F.De Azúa,  «Carne», El País, 21 de junio del año 2000.

 

Abierto el plazo de inscripción a la catequesis de Confirmación en nuestra Archicofradía

Hermanos:

 

Nuevamente, es para mí una alegría dirigirme a ustedes para comunicarles que es intención de la Vocalía de Formación organizar, al igual que se hizo el curso cofrade pasado, un grupo de catequesis de preparación al sacramento de la Confirmación para el nuevo curso 2018/2019.

 

Dicha catequesis —abierta a todos los bautizados, sean o no hermanos de la Archicofradía— comenzaría en el mes de octubre (fecha aún por concretar), a fin de poder recibir el sacramento de la Confirmación tras la Pascua de Resurrección, en torno a junio.

 

Las catequesis serán, como es la costumbre, los jueves de 20:00 h. a 21:00 h.

 

Considero que es una ocasión propicia, no sólo para recibir el sacramento que completa la iniciación cristiana y perfecciona la gracia bautismal, sino también para profundizar en nuestra formación en cuanto que cristianos, seguidores de Jesús. Por experiencia he podido comprobar que el grupo de catequesis, además de favorecer el encuentro con el Señor y la profundización en las verdades de fe desde la fundamentación intelectual y el libre diálogo, ayuda a crear y fortalecer los vínculos de hermandad.

 

Todos aquellos interesados pueden facilitar su nombre y teléfono  a través del correo secretaria@pasoyesperanza.es, o bien llamando al 952 614 396.

Pueden preguntarles a cualquier persona que haya formado parte de los grupos sobre su experiencia. Creo sinceramente que merece la pena. Les animo a todos aquellos interesados a participar.

Aprovecho la ocasión para saludarles con afecto.

 

Andrés E. García Infante.

Vocal de Formación.

Inicio catequesis para recibir el sacramento de la Confirmación

Hermanos:

Les informamos que la catequesis de preparación al sacramento de la Confirmación para el nuevo curso 2017/2018, comenzará D. m. el próximo jueves 19 de octubre a las 20:00 horas en la Sala Capitular de la Archicofradía.

Todos aquellos interesados que aún no se hayan inscritos pueden hacerlo a través del correo secretaria@pasoyesperanza.es

Aprovecho la ocasión para saludarles con afecto.

Andrés E. García Infante.
Vocal de Formación.

Catequesis del Papa Francisco sobre la juventud y la esperanza

A continuación, el texto completo de la catequesis del Papa Francisco en la Audiencia General del miércoles en la Plaza de San Pedro:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La catequesis de hoy tiene por tema: “educar en la esperanza”. Y por esto yo la dirigiré directamente, con el “tú”, imaginando hablar como educador, como padre a un joven, o a alguna persona abierta a aprender.

Piensa, ahí donde Dios te ha sembrado, ¡espera! Siempre espera.

No te rindas a la noche: recuerda que el primer enemigo por derrotar no está fuera de ti: está dentro. Por lo tanto, no concedas espacio a los pensamientos amargos, oscuros, ¿no? Este mundo es el primer milagro que Dios ha hecho, ha puesto en nuestras manos la gracia de nuevos prodigios. Fe y esperanza caminan juntos.

Cree en la existencia de las verdades más altas y más bellas. Confía en Dios Creador, en el Espíritu Santo que mueve todo hacia el bien, en el abrazo de Cristo que espera a todo hombre al final de su existencia; cree, Él te espera. El mundo camina gracias a la mirada de tantos hombres que han abierto brechas, que han construido puentes, que han soñado y creído; incluso cuando a su alrededor se oían palabras de burla.

No pensar jamás que la lucha que conduces aquí abajo sea del todo inútil. Al final de la existencia no nos espera el naufragio: en nosotros palpita una semilla de absoluto. Dios no defrauda: si ha puesto una esperanza en nuestros corazones, no la quiere truncar con continuas frustraciones. Todo nace para florecer en una eterna primavera. También Dios nos ha hecho para florecer. Recuerdo ese dialogo, cuando el roble pidió al almendro: “Háblame de Dios”. Y el almendro floreció.

¡Donde quiera que te encuentres, construye! ¡Si estas por los suelos, levántate! No permanezcas jamás caído, levántate, déjate ayudar para estar de pie. ¡Si estas sentado, ponte en camino! ¡Si el aburrimiento te paraliza, sácala con las obras de bien! Si te sientes vacío o desmoralizado, pide que el Espíritu Santo pueda nuevamente llenar tu nada.

Obra la paz en medio a los hombres, y no escuchar la voz de quien derrama odio y división. No escuchar estas voces. Los seres humanos, por cuanto sean diversos los unos de los otros, han sido creados para vivir juntos. En los contrastes, paciencia: un día descubrirás que cada uno es depositario de un fragmento de verdad.

Ama a las personas. Ámalos uno a uno. Respeta el camino de todos, lineal o atormentado que sea, porque cada uno tiene una historia por narrar. También cada uno de nosotros tiene su propia historia por narrar. Todo niño que nace es la promesa de una vida que todavía una vez más se demuestra más fuerte que la muerte. Todo amor que surge es una potencia de transformación que anhela la felicidad.

Jesús nos ha entregado una luz que brilla en las tinieblas: defiéndela, protégela. Esta única luz es la riqueza más grande confiada a tu vida.

Y sobre todo, sueña. No tener miedo de soñar. ¡Sueña! Sueña con un mundo que todavía no se ve, pero que es cierto que llegará. La esperanza nos lleva a la existencia de una creación que se extiende hasta su cumplimiento definitivo, cuando Dios será todo en todos. Los hombres capaces de imaginación han regalado al hombre descubrimientos científicos y tecnológicos. Han atravesado los océanos y han pisado tierras que nadie había pisado jamás. Los hombres que han cultivado esperanza son también aquellos que han vencido la esclavitud, y traído mejores condiciones de vida sobre esta tierra. Piensen en estos hombres.

Se responsable de este mundo y de la vida de cada hombre. Porque toda injusticia contra un pobre es una herida abierta, y disminuye tu misma dignidad. La vida no cesa con tu existencia, y en este mundo vendrán otras generaciones que seguirán a la nuestra, y muchas otras todavía. Y cada día pide a Dios el don de la valentía. Recuérdate que Jesús ha vencido por nosotros al miedo. Él ha vencido al miedo. Nuestra enemiga más traicionera no puede nada contra la fe.

Y cuando te encuentres atemorizado ante cualquier dificultad de la vida, recuérdate que tú no vives sólo por ti mismo. En el Bautismo tu vida ha sido ya sumergida en el misterio de la Trinidad y tú perteneces a Jesús. Y si un día te asustaras, o tú pensaras que el mal es demasiado grande para ser derrotado, piensa simplemente que Jesús vive en ti. Y es Él que, a través de ti, con su humildad quiere someter a todos los enemigos del hombre: el pecado, el odio, el crimen, la violencia, todos nuestros enemigos.

Ten siempre la valentía de la verdad, pero recuérdate: no eres superior a nadie. Recuérdate de esto, ¡eh! No eres superior a nadie. Si tú fueras el último en creer en la verdad, no rechaces por esto la compañía de los hombres. Incluso si tú vivieras en el silencio de una ermita, lleva en el corazón los sufrimientos de toda creatura. Eres cristiano; y en la oración todo devuelves a Dios.

Y cultiva ideales. Vive por alguna cosa que supera al hombre. Y si un día estos ideales te pidieran una cuenta salda por pagar, no dejes jamás de llevarlos en tu corazón. La fidelidad obtiene todo.

Si te equivocas, levántate: nada es más humano que cometer errores. Y esos mismos errores no deben de convertirse para ti en una prisión. No estés enjaulado en tus propios errores. El Hijo de Dios ha venido no por los sanos, sino por los enfermos: pues ha venido también por ti. Y si te equivocas incluso en el futuro, no temas, ¡levántate! ¿Sabes por qué? Porque Dios es tu amigo. Dios es tu amigo.

Si te afecta la amargura, cree firmemente en todas las personas que todavía obran por el bien: en su humildad está la semilla de un mundo nuevo. Frecuenta a las personas que han cuidado el corazón como aquel de un niño. Aprende de las maravillas, cultiva el asombro. Cultiva el asombro.

Vive, ama, sueña, cree. Y, con la gracia de Dios, no desesperarse jamás. Gracias.

Abierto el plazo de inscripción a la catequesis de Confirmación

La Vocalía de Formación de la Archicofradía organiza, al igual que se hizo el curso cofrade pasado, un grupo de catequesis de preparación al sacramento de la Confirmación para el nuevo curso 2017/2018. Dicha catequesis —abierta a todos los bautizados, sean o no hermanos de la Archicofradía— comenzaría en el mes de octubre (fecha aún por concretar), a fin de poder recibir el sacramento de la Confirmación tras la Pascua de Resurrección, en torno a junio. Es probable que se mantenga la misma periodicidad que en el curso anterior: los jueves de 20:00 h. a 21:00 h. (Esto último podría modificarse en función de lo que viniera mejor a la mayoría). Andrés García será el encargado de dirigir las catequesis durante el curso que inicia ahora.

Es una ocasión propicia, no sólo para recibir el sacramento que completa la iniciación cristiana y perfecciona la gracia bautismal, sino también para profundizar en nuestra formación en cuanto que cristianos, seguidores de Jesús. Todos aquellos interesados pueden facilitar su nombre y teléfono a Patricia, directamente en la tienda de la entrada al Museo, o llamando al 952 614 396. También pueden inscribirse a través del correo secretaria@pasoyesperanza.es

 

“Mi catequista”. Carta de Miguel Gutiérrez

A buen seguro, te resultarán familiares las siguientes expresiones: “Qué coñazo, hoy tengo catequesis”; “yo me confirmo para quitármelo de en medio”; “si no planteasen requerirlo para pertenecer a la junta de gobierno, anda que yo iba a confirmarme”; “se confirman parte de los jóvenes de mi hermandad y no podía decir que no…”

La realidad es que cuando señalamos a la Formación como el gran debe de nuestras hermandades, el índice apunta directamente a nosotros, los que mantenemos vivo el ascua cofrade durante todo el año. Es fracaso nuestro, y no pocas veces se alude a ello desde la cómoda posición de la conjugación en tercera persona.

Durante mi periodo de preparación para recibir el sacramento de la confirmación, he recordado con asiduidad citas como las que he hecho constar al comienzo, y que han salido de boca de conocidos que en los últimos años han recibido dicho sacramento, culmen de la iniciación cristiana. Negar que esas expresiones salen de boca de muchos cofrades sería echar leña al fuego de nuestro fracaso. Y no seré yo quien lo haga. Nunca me gustaron las prebendas ni los ornatos prendidos por la vergüenza.

Muchos de mis hermanos archicofrades no viven de cerca la realidad diaria de nuestra hermandad -por respetable voluntad o por justificada obligación-. En estas líneas me apetecía contarles que durante estos meses ha existido un grupo de confirmación en el seno de la hermandad. Un grupo nutrido no solo de hermanos, sino también de allegados que se han embarcado a este navío de pasarelas tendidas, y muchos de los cuales han terminado por rubricar su pertenencia a nuestra archicofradía. Ese grupo de confirmación ha sido, de lejos, de las mejores nuevas que han sucedido en la Esperanza en muchísimos años. Una pica en Flandes en el erial de la Formación. En mi hermandad se hace, se trabaja, se propone y se ofrece Formación. Se me llena la boca al decirlo. Se nos debe llenar la boca al decirlo. Y buena parte de ello se lo debo a mi catequista, a quien dirijo esta carta abierta.

Mi catequista se llama Andrés. Conocí a Andrés a través de su acercamiento al área de albacería, en el que me muevo a diario junto a mis sufridos compañeros de albacería entre tornillos, arandelas, espárragos, enseres y decapadores. Cruzar dos palabras con Andrés es suficiente para descubrir una conciencia comprometida, una sapiencia honda y una vasta cultura reposando en sus entendederas. Siempre vislumbré con preocupación que, en ocasiones, se haya desaprovechado talento en tantos jóvenes que pasaron o pasan por la hermandad, a la cual aportaron menos de lo que se les permitió o valoró, y que terminaron por donar ese talento a otras cofradías en las que supieron darles un cariño y un valor que, demérito nuestro, aquí no hallaron.

Con Andrés, a Dios gracias, no ha sido así. Se le dieron las riendas de la Formación a un teólogo y maestro, y el resultado se traduce en charlas trimestrales de formación y en un grupo maravilloso de confirmación que ha servido para estrechar lazos y hacer hermandad. Andrés me ha aportado en lo personal y en lo espiritual. En un mundo donde tiramos cada vez más por la vía fácil y nos servimos a mesa puesta, escasean formadores -sea en la materia que sea- que escudriñen, aviven y estimulen las seseras, lejos del adoctrinamiento con calzador que insufla aprendizajes autómatas y vacuos en las cisuras del cerebro. Mi catequista no es así. Él nos hacía pensar, reflexionar; nos abría nuevas ventanas para contemplar las realidades del mundo y los misterios de Dios.

Mi catequista ama lo que hace. Cuando alguien ama lo que hace, se percibe; es algo intangible que casi pudiese ser palpable. Él ama hablar a los demás de su fe, contagiar su compromiso con la Iglesia y con la sociedad a través de ella. En los tiempos que corren, esto no es común -entre otras cosas, porque esa misma sociedad adocenada y reflexivamente vaga es, por definición, intransigente hacia quien lleva una cruz por delante en su presentación como ciudadano del siglo XXI-. Mi catequista lo mismo tira de ironía para reír que llora hablando de los palos que la vida ha puesto en su rueda existencial. Y claro, tú ríes con él. Y lloras con él.

Abiertamente, sin tapujos, sin pudor. Porque es capaz de crear una atmósfera en que todos nos imbuimos en una sinergia entre nosotros y con él. Parece de perogrullo, pero no lo es: no todo el mundo consigue hablar del Nazareno con cristalina claridad. Pero en mi catequista se intuye un “algo” distinto en los ojos cuando habla del rabí de Galilea. Una especie de adhesión sincera y comprometida que sustenta en sus propias convicciones y que sustenta en los demás. Porque mi catequista no se da golpes de pecho por su fe ni se cree mejor cristiano que nadie. Nos enseña a ser conscientes y reconocer nuestros errores, que son los mismos, ni más ni menos, que los del prójimo inmediato, y los del otro, y los de ese otro también. Pero, amén de ello, nos da herramientas para ser mejores. Mejores personas y cristianos. Que la primera no necesita estrictamente de la segunda, pero pocos como mi catequista para mostrar las convergencias entre ambas y los modos de sacar partido y explotar lo uno con lo otro, hasta convertirlo en indisoluble.

Es reconfortante saber que el camino de nuestra confirmación no se detiene el 10 de junio, en que el Espíritu Santo sea flamígero don sobre nuestras sienes. En la Archicofradía se ha puesto una pica en Flandes, decía. Vendrán charlas formativas, reuniones mensuales, eucaristías conjuntas. Ojalá vengan más grupos de confirmación al que se sumen más archicofrades -jóvenes, mayores, no hermanos que acaben haciendo de la hermandad algo indispensable en su vida-. Todo ello vendrá porque mi catequista es un todoterreno en la virtud de compartir. Siempre enseña algo nuevo, cuenta algo nuevo, descubre algo nuevo. ¿Qué quiero decirte con esta carta, hermano? Que las puertas están abiertas para descubrir todo eso de lo que te hablo. Que “la Formación” puede no ser ese tostón del que algunos te hablan desde la vanidad y el estéril encuentro ocasional con la Verdad a la que nos debemos. Que en las catequesis se habla de la Iglesia, sí. Se habla. Faltaría más, pues es donde estamos. Pero se reflexiona, se aprende, se indaga. Hablamos de la sociedad, de las lacras que manchan los periódicos. Compartimos sin tabúes nuestras inquietudes y preocupaciones. Opinamos sin censura y en un ambiente receptivo sobre la vida, y todo lo que ello concierne, que poco no es. Compartimos, en definitiva. No hay ningún verbo con más sentido en la hermandad que “compartir”. Ninguno. Una hermandad no es mandar, comprar, restaurar, procesionar, promocionar, vender. Que no te cuenten pamplinas que quedan en la superficie. Una hermandad, al final, es compartir.

Y yo sé que tú compartes la ilusión de vestir tu túnica el Jueves Santo, la emoción de arrimarte al varal el Jueves Santo, el deseo de regalar tus notas musicales el Jueves Santo, la esperanza de un nuevo Jueves Santo. Y en buena medida lo compartes con tu familia, si acaso con los allegados más íntimos, de Jueves Santo en Jueves Santo. Siempre en Jueves Santo. Como un bucle entre los cuales existe una nada rellena de la nada. Pero mi catequista ha conseguido que cada jueves, desde septiembre, fuese Jueves Santo. Porque ahí, en sus catequesis, también estaban junto a nosotros el Nazareno y la Esperanza. Y lo hemos compartido entre los hermanos, que acaban por ser familia, que enriquece tu vida. La primera enseñanza de la Formación debería ser que la hermandad se construye todo el año en torno al Nazareno y la Esperanza. En adelante, cuánto de Dios queda por deshojar en las enseñanzas de mi catequista.

Gracias, Andrés. Mi catequista. Que Dios te bendiga.