La vinculación entre el cuerpo de Intendencia del Ejército de tierra y la Archicofradía del Paso y la Esperanza, de la ciudad de Málaga

La Pontificia y Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Esperanza es una institución malagueña que cuenta con más de cuatrocientos años de historia asentados en sus libros de actas y es fruto de la fusión, en el siglo xvii, de dos hermandades: la Archicofradía del Nombre de Jesús y la Hermandad de Nuestra Señora de la Esperanza, que desde 1641 forman una única corporación. Radicada desde su erección en el convento de Santo Domingo el Real de la Orden de Predicadores, bajo cuya tutela y como Obra Pontificia el Papa Pío IV colocó las cofradías del Nombre de Jesús, las noticias documentales más antiguas, contenidas en una escritura pública relativa a obligaciones recíprocas entre la hermandad y los frailes dominicos, datan del mes de mayo de 1567, lo que hace suponer que la fundación debió tener lugar algunos años antes. Desde al menos 1606 hay noticias escritas sobre la anual procesión de la Archicofradía en la Semana Santa que culminaba en la conmemoración del paso de Jesucristo por la calle de la Amargura y –como aún hoy- en la bendición del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso al pueblo malagueño en la Plaza Mayor de la ciudad, sobreviviendo en el transcurso de los años la Corporación sin solución de continuidad, ya convertida en la más popular de las hermandades de Málaga, a los avatares de la Desamortización y de las revoluciones decimonónicas, al incendio y destrucción de su sede canónica en 1931 y a la persecución religiosa durante la Guerra Civil en el siglo xx. Particularmente es recordado el esplendor y la suntuosidad con que en la tercera década de aquel siglo, los felices veinte, revestía su anual salida a la calle, siendo procesionadas sus imágenes a lo largo de toda la noche y la madrugada a bordo de rutilantes tronos (“verdadera capilla que se echa a andar”, decía José María Pemán refiriéndose al de la Virgen de la Esperanza) en medio del clamor jubiloso de las multitudes de devotos que las acompañaban hasta el regreso a su templo, ya bien entrada la mañana del Viernes Santo.

Con el advenimiento de la II República, en Málaga, como en algunas otras ciudades españolas, tuvieron lugar una serie de graves disturbios que culminaron en la llamada quema de conventos. El antiguo cenobio dominico fue incendiado y saqueado por las turbas la noche del 11 al 12 de mayo de 1931 perdiendo la Archicofradía casi todo su patrimonio, desde la antigua imagen de su Titular el Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso, hasta su valioso archivo, pasando por sus tronos, túnicas y ajuar procesional. En medio aquella conmoción, dos valerosos cofrades, se jugaron literalmente la vida entrando en el templo durante la confusión y el pavor generados por el incendio, logrando salvar de las llamas la cabeza de la Virgen de la Esperanza de quién eran muy devotos. Al término de la Guerra Civil, la Archicofradía inició su reorganización acometiendo, en medio de la penuria y la necesidad generalizada propia de tan difíciles tiempos, su reconstrucción material y espiritual, hasta conseguir, en condiciones muy precarias y elementales, volver de nuevo a la calle en procesión el Jueves Santo de 1940. El éxito de aquella primera salida procesional después de ochos años de aniquilación, y la emoción amorosa con que el pueblo malagueño acogió la presencia, largamente aguardada, de Jesús Nazareno del Paso y de la Vir- gen de la Esperanza, sin el recordado esplendor de antaño y en pobres andas, pero despertando a su paso por calles y plazas el mismo entusiasmo y fervor de siempre, incentivó a aquellos esforzados hermanos a poner todo su empeño en la reconstrucción de la Archicofradía. Es precisamente en medio de este ambiente de volver a empezar y de reconstrucción de todo lo perdido, propio de los años cuarenta del pasado siglo, donde hay que situar históricamente el origen de la vinculación entre el Cuerpo de Intendencia del Ejército de Tierra y la Archicofradía.

Pero para comprender en su verdadera significación aquellos lazos que entonces se anudaron y que hoy, transcurridos casi 75 años, aún perduran con toda vigencia y fortaleza, hay que retrotraerse en el tiempo hasta alguna de las características más representativas, desde el punto de vista histórico, de las hermandades de pasión de la Semana Santa de Málaga: su inmemo- rial vinculación con la milicia. En efecto, son varios los historiadores que han estudiado esta secular vinculación, muy remota en el tiempo, entre las cofradías y algunos cuerpos militares, documentando en esta ciudad andaluza la existencia de la Cofradía de los Arcabuceros, radicada desde el siglo XVII, precisamente en el mismo templo de los dominicos de Málaga donde la Archicofradía tenía también su sede, la Hermandad de las Lanzas y algunas otras corporaciones religiosas cuyos miembros, en su totalidad o principalmente, pertenecían a la milicia. Eran estos últimos los que habían fundado este tipo de cofradías para congregarse bajo el patronazgo de alguna imagen y salir, corporativamente, en procesión con ella en los días de la Semana Santa. No se trataba, pues, en aque- llos antiguos antecedentes, de cofradías cuyos hermanos requerían la presencia de militares en sus cortejos para una mayor prestancia de los mismos, o de buscar el con- curso interesado de quienes entonces poseían, casi en exclusiva, las bandas de música inherentes a cualquier desfile procesional.

Eran los propios militares de la plaza los que participaban, desde sus mismas instituciones creadas ex profeso, en la anual celebración en la calle de la Semana Santa de Málaga. Por lo demás, las cofradías de tipo gremial, que agrupaban a los integrantes de una misma profesión u oficio con fines religiosos, pero también de representatividad, defensa de intereses y presencia social, eran muy comunes en toda Andalucía desde la época del barroco. Con el advenimiento de la dinastía borbónica y la profunda transformación del Ejército operada en el siglo XVIII, estos lazos entre las cofradías malagueñas y la milicia, lejos de diluirse, se estrechan porque cada cuerpo acantonado en la plaza, cada regimiento o batallón aquí destacado o de guarnición, acaba por integrarse, por distintos títulos u orígenes, a veces legendarios o no bien estudiados, en alguna cofradía de la Ciudad de manera que, con las distintas e inherentes vicisitudes de un periodo tan dilatado, han pervivido en el tiempo hasta la época actual. En este sentido, sin ánimo exhaustivo, pero a fin de que el lector pueda hacerse una idea del alcance de esta costumbre, pueden consignarse, además de la de Intendencia del Ejército de Tierra en la Archicofradía del Paso y la Esperanza, las siguientes vinculaciones de este tipo: los Regulares en la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Cautivo; la Caballería en la Cofradía del Cristo de los Milagros; el Ejército del Aire en la de Nuestro Padre Jesús de la Misericordia; la Legión y la Armada, en la del Cristo de la Buena Muerte y Ánimas y Nuestra Señora de la Soledad; la Guardia Civil en la del Cristo de la Expiración; y la Brigada Paracaidista en la del Cristo de Ánimas y Ciegos.

Debe subrayarse al llegar aquí que en la generalidad de los casos que acaban de consignarse, estas relaciones, además de formales, institucionales, protocolarias y heredadas, por así decir, de promociones militares y generaciones de cofrades ya muy pretéritas, responden sin embargo a una vinculación afectiva y veraz, nada impostada ni convencional, en las que el paso del tiempo y el trato personal ha consolidado y sedimentado un verdadero sentido de la pertenencia, de manera que unos y otros se sienten recíproca y efectivamente ligados al cuerpo y la hermandad y no son pocos los que, ya retirados, vuelven cada año a Málaga para participar con emoción –viviéndola- la salida procesional de “su” cofradía, o los que, porque así lo dispusieron en vida, descansan para siempre en la cripta de la capilla o templo de sus Titulares. Con todos estos antecedentes, fácil es comprender que la Archicofradía, en efecto, no solo buscaba vincularse a un Cuerpo prestigioso y solvente, muy bien situado en los aledaños del poder político y económico, que colaborara con su patrocinio en las entonces enormes necesidades financieras que la reconstrucción de todo lo perdido suponía, sino que al mismo tiempo, en aquella difícil hora en la que se partía casi de cero, la Corporación para impulsarse de nuevo recurría a los orígenes históricos y costumbres antiguas de muchas cofradías malagueñas. Quien esto escribe alcanzó en su juventud a conocer a veteranos cofrades que se referían en este punto a un oficial de Intendencia malagueño y cofrade, Alberto Goytre, con empleo de comandante en aquella época, como la persona que realizó los sondeos y gestiones preliminares; y a un almuerzo en el mítico restaurante Lhardy, de la madrileña Carrera de San Jerónimo, como el lugar donde las comisiones encabezadas por el Intendente general de Diego y el Hermano Mayor Matías Abela, concertaron los cimientos de la vinculación entre el Cuerpo y la Archicofradía en el mes de enero de 1943.

Los trámites estatutarios y eclesiásticos para hacer efectivo lo acordado en Madrid, debieron solventarse con rapidez porque, en la Dirección de Asuntos Económicos del Cuartel General del Ejército, existe un pergamino miniado firmado por el secretario con el visto bueno del Hermano Mayor de entonces que literalmente dice: “La Real Archicofradía del Dulce Nombre de Jesús Nazareno del Paso y María Santísima de la Es- peranza, canónicamente erigida en la Parroquia de Santo Domingo de esta Ciudad, con la aprobación del Excmo. y Rvdmo. Sr. Obispo de la Diócesis, viene en nombrar Hermano Mayor Honorario de la misma al Cuerpo de Intendencia Militar del Ejército, al que coloca bajo la protección de sus sagrados Titulares. Dado en Málaga en cumplimiento de acuerdo de Cabildo General celebrado el quince de abril de mil novecientos cuarenta y tres” En cualquier caso hay constancia de que el Jueves Santo de ese mismo año, 22 de abril de 1943, la procesión fue ya presidida por una comisión de oficiales generales de Cuerpo de Intendencia del Ejército de Tierra encabezada por el intendente general del Ejército Ángel de Diego Gómez, Inspector del Cuerpo y Ordenador General de Pagos. Este fue el comienzo de una relación, próxima ya a cumplir los tres cuartos de siglo de existencia, que en modo alguno se ha reducido a la anual representación del Cuerpo en la salida procesional sino que se ha extendido a muchos otros aspectos relativos a las actividades estatutarias de la Archicofradía y a la colaboración de Intendencia en cuanto pudiera redundar en beneficio de aquella. En este sentido pueden señalarse numerosos casos concretos de de esta mutua colaboración empezando por la ayuda de Intendencia en la ejecución del monumental trono procesional de la Virgen de la Esperanza, en agradecimiento de lo cual se colocó en el frontal del mismo una imagen de Santa Teresa y el escudo del sol y las palmas; o la distribución cada año de las participaciones de Lotería de Navidad que desde la DIAE se repartían a todas las unidades del Cuerpo; la asistencia conjunta a los damnificados por las inundaciones en Valencia y las anuales funciones religiosas que se celebraron siempre en la Archicofradía con ocasión del día de Santa Teresa mientras hubo en Málaga personal del Cuerpo. Pueden señalarse, como ejemplo de que esta unión abarcaba todas las ocasiones, ya alegres o tristes, que depara la existencia, la presencia de jóvenes cofrades que se ponían de largo en el Baile de las Debutantes en la Academia de Ávila, o el funeral oficiado aquí por el alma del teniente coronel de Intendencia Pedro Antonio Blanco, asesinado por terroristas. Cuando, como en este caso, personas de dos instituciones con fines muy distintos, salen de sus ámbitos respectivos para relacionarse y conocerse, adquirimos siempre una perspectiva nueva y enriquecedora y los lazos que indefectiblemente aparecen en estas ocasio- nes conforman vínculos de los que sale beneficiada, en muchos y muy variables aspectos, la sociedad entera.

En agradecimiento a Intendencia se colocó en el frontal del mismo una imagen de Santa Teresa y el escudo del sol y las palmas

Es difícil contener en los límites, necesariamente breves, de estas páginas, el nombre de los muchos amigos de Intendencia que dejaron en la Archicofradía un recuerdo imperecedero y grato. Con las inevitables omisiones y la consignación del hecho indudable de que por aquí pasó la cúpula del Cuerpo desde 1943 hasta la actualidad, sí quiero citar a algunos que nos distinguieron con su particular amistad: Luis González Mariscal, Jaime Fe Serra, Carlos Valverde, Luis Gómez de Pablo, Lucinio Pérez, José Luis Costas, Rafael López Mora, Miguel Pérez, Máximo Cabezas (padre e hijo), Arturo Muñoz, Adolfo Ortiz de Zárate, José Gómez Biedma, José Villegas, Javier Cánovas, Tomás Meroño, Bartolomé Nadal, Alejo de la Torre, Julio Villa, Ángel Gil Barberá, Martín Ramírez y, por no alargar demasiado esta relación, citar finalmente a tres generales malagueños: Fernando Llovet Sánchez, Francisco Corpas Rojo y Federico Navarro, uno de los últimos oficiales del Cuerpo que mandó la Agrupación de la Reserva General de Intendencia. Es justo dejar constancia de una gestión, singularmente relevante, llevada a cabo por un gran amigo de los cofrades de Málaga. Me refiero al general de división Vicente Mateo Canalejo. La Archicofradía tenía desde antiguo el anhelo de recuperar para la Virgen de la Es- peranza, el fajín de capitán general del rey de España. Y él, en este empeño, puso a disposición de la misma toda la influencia y las relaciones del Cuerpo hasta conseguirlo. En este sentido, fue secundado con toda eficacia por las decisivas gestiones del entonces coronel de Intendencia destinado en la Guardia Real, José Benito. El fajín fue impuesto personalmente a la Virgen por S.A.R. la Infanta Elena, en nombre de su augusto padre, en una inolvidable ceremonia que tuvo lugar en la basílica de la Archicofradía el 14 de diciembre de 1994. A ambos miembros de Intendencia estaremos siempre particularmente agradecidos los cofrades. También es este un buen lugar para recordar con gratitud los nombres de dos generales de Intendencia, Eduardo de la Iglesia y Ángel Santori, quienes, mucho antes, habían donado por devoción sus fajines respec- tivos a la Virgen de la Esperanza que los lució durante años en la procesión de Semana Santa o en festividades relevantes. También, en fechas recientes, el actual general de división inspector del Cuerpo de Intendencia, Antonio Budiño, ha regalado a la Virgen su faja azul de diplomado de Estado Mayor. Gracias a la amabilidad de este último, hace solo unos meses, un grupo de cofrades, encabezados por el Hermano Mayor, ha vivido una jornada inolvidable en el cuartel “El Rey” de la Guardia Real, jurando bandera en una emocionante ceremonia castrense presidida por S.M. la reina doña Sofía, recibiendo además las atenciones del general Manuel García Castellanos y del coronel Enrique Tovar que organizaron una interesante visita al Palacio de El Pardo.

El actual general de división inspector del Cuerpo de Intendencia, Antonio Budiño, regaló a la Virgen su faja azul de diplomado de Estado Mayor

Estoy seguro que cada cofrade atesora en su interior momentos especiales que dejaron en su memoria, por una u otra razón, la huella de tantos amigos del Cuerpo de Intendencia con los que convivieron años en un trato cordial y afectuoso. Yo quiero, antes de poner fin a estas líneas, traer aquí la memoria de dos de ellos con los que especialmente congenié y que, a pesar de la diferencia de edad que nos separaba, me honraron con un trato afectuoso y cercano, relatando brevemente dos momentos distintos vividos con cada uno de ellos. Sirva esto como testimonio de que las relaciones entre los cofrades de la Esperanza y los militares de Intendencia fueron siempre mucho más allá del mero trato educado o cortés. Vitaliano Arés Guillén, perteneciente, lo mismo que los Santori, los Iranzo o los Mateo Canalejo, a una conocida familia de intendentes, quien un día que no he olvidado me hizo ver en Ávila, al contarme la emocionante historia de un jarrón monumental de porcelana esmaltado y dorado al fuego existente en el Palacio de Polentinos, cómo siempre es el individuo el que, con su proceder o su conducta en un momento determinado, deja bien o mal a todo un colectivo, e incluso, a toda una nación, refiriéndose a un oficial español, de Intendencia, quien, jugándose el tipo pistola en mano, se opuso al saqueo que finalmente logró impedir, de un palacio durante los horrores de la campaña de Rusia en 1943. Y cómo años después, el suceso tuvo un desenlace inesperado porque, enterado el gobierno soviético de aquel hecho de armas, hizo llegar al nuestro, por medio de una tercera potencia, puesto que en aquella época no existían ni relaciones diplomáticas, ese soberbio jarrón procedente del valiosísimo mobiliario salvado por el intendente, como testimonio de reconocimiento y gratitud.

Y Manuel Vázquez Labourdette, a quien el conocimiento de su lengua materna le había permitido sumar en su hoja de servicios dos campañas completamente insólitas para cualquier oficial del Ejército Español de su época: La guerra de Argelia, a la que asistió de teniente como observador incrustado en un batallón de Tirailleurs que operaba dentro de una demi-brigade. Era el mismo mundo colorista de Pierre Benoit o de Hugo Prats, el canto al ejército colonial francés y al ambiente pardo amarillento de los meharistas y los fuertes de almagra entrevistos, como kasbas borrosas, en medio del siroco. Un mundo que allí ya declinaba para siempre y mi amigo Manolo me contaba con la pasión de quien lo había vivido en la intensidad de la primera fila; y la guerra de Vietnam en la que estuvo como intendente en una de las tres rotaciones de un hospital de campaña que tuvo nuestro Ejército en el delta del río Mekong, zona de feroces combates. Un episodio muy poco conocido hasta fechas relativamente re- cientes porque, por razones políticas, el gobierno lo silenció entonces. Allí, me decía Manolo una tarde con su gracejo sevillano bajo un chambao de la playa malagueña ante unos tintos de verano y un pescaíto, “nos complicamos enormemente la existencia porque, al correrse la voz por la región del trato excelente y la calidad de la asistencia de los militares de Sanidad es- pañoles, a pesar de que aquello estaba concebido para atender a la población local y, sobre todo, a los sol- dados del ejército survietnamita, se nos presentaban también, con todo desparpajo, los mismísimos guerrilleros del Vietcong para ser tratados de sus dolencias o curados de su heridas”. Vázquez Labourdette tenía, además, a gala por espíritu de cuerpo dos cosas: ser posiblemente el militar más condecorado de todo el Ejército, (30 pasadores conté yo una vez sobre su guerrera), y ser el primer general de Intendencia que fue Gobernador Militar de una plaza. El autor de este texto no ha querido en ningún momento a la hora de escribirlo consultar archivos ni fuentes documentales por entender que, en esta ocasión, no se trata de ninguna manera de historiar, sino de difundir desde las páginas de una publicación del Cuerpo de Intendencia que tiene, entre otros fines, dar a conocer actividades relevantes del mismo, una labor constante y dilatada que lleva realizando desde hace muchos años con una cofradía malagueña en la que han dejado su huella y su inequívoco marchamo. Y para ello prefiere la calidez de los recuerdos a la frialdad de los datos; evocar con agradecimiento la memoria de los numerosos militares, verdaderos amigos de la Archicofradía, que por aquí pasaron, a la consulta de escalafones o libros de actas; fiar en definitiva al sentimiento de lo vivido en Madrid o en Málaga, en Ávila o en Torrejón, junto con intendentes que, cada uno en su época o con su estilo, dejaron con su trato y caballerosidad la grata sensación de bien hacer que siempre ha caracterizado a esa religión de hombres honrados que constituye la milicia.

Por Carlos Ismael Álvarez García

Publicado en Memorial del Cuerpo de Intendencia, nº 13, julio 2016- julio 2017

 

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