LA ÚLTIMA PRIEGO

LO SÉ MUY BIEN. Vendrán mañana a por ella como todos los años. Como todos los Domingos de Ramos, a eso de las nueve y media o de las diez.

Ha brotado el azahar de los naranjos en lo que queda de la huerta bajo mi balcón y un ramalazo de sol entra ya por el angosto ojo de patio de la cocina dándole justo al almirez que, en su columna de madera, agradecido, resplandece como si fuera de oro. Es la señal que sé desde pequeña.

Vendrán ceremoniosos y cordiales con Utrera al frente, con los estirados mayordomos, dos o tres endomingados más y el chico de la escalera al hombro, oliendo todos a un tabernario anís de mala muerte. Guardarán, eso sí, las formas pidiéndomela, aun dándome a entender el paripé. Y yo, que sé que es mía, que la pagó mi abuelo y pertenece de siempre a mi familia, que se bendijo por mi tío en esta misma casa, diré que sí a riesgo de perderla.

La llevo viendo ahí toda la vida. Como si fuera ayer, recuerdo el repostero de damasco carmesí que la enmarcaba y los faroles relucientes con sus cristales biselados y sus gruesos cirios que iluminaban toda la escalera. Se encendían tras el rosario cada tarde. Y las juntas del Gremio, en la capilla del entresuelo, con todos aquellos señorones de levita que se persignaban solemnes al pasar frente a ella subiendo del zaguán; y la fiesta familiar de su limpieza a fondo, el Domingo de Lázaro, con la tata Anita dirigiéndolo todo como la más antigua de la servidumbre: los cepillos y las bayetas para el polvo, los aceites para la caoba de la Guinea y las mixturas de Dios sabe qué para su plata. Yo conocía muy bien desde pequeña los pormenores de aquel resplandeciente laberinto de encaje labrado en metal noble y, aun hoy, con todas mis lagunas de memoria, podría precisar dónde está la diminuta marca del orfebre Montes o el angelote que sostiene la columna con su argolla y en qué lugar exacto se esconde el cesto de frutas derramadas.

Como si fuera ayer, recuerdo el repostero de damasco carmesí que la enmarcaba y los faroles relucientes con sus cristales biselados y sus gruesos cirios que iluminaban toda la escalera

De más sé yo que se encargó para el Señor del Paso por el Gremio. Pero mi abuelo Josef de Priego, que a la hora de la verdad fue el que puso su propia plata labrada y acuñada, no se fio nunca un pelo de los frailes de Santo Domingo e impuso para siempre jamás el privilegio de custodiarla en nuestra casa, dónde cinco generaciones sucesivas la hemos venerado como propia.

Cuantas veces la vi brillar en la Plaza con los primeros rayos del sol del Viernes Santo. Ni el trono abriéndose paso entre la bulla, ni las pértigas de los correonistas marcando el son contra los adoquines, ni los penitentes con sus hachones en alto, ni los frailes en hilera cantando el Miserere, llamaron mi atención de niña o de mujer. Era ella reluciente allí arriba sobre el hombro de nuestro Nazareno el signo que me conmovía en lo más hondo, el imán que me atraía hasta el misterio. Me queda aún de todo aquello, a lo que hace muchos años que no asisto, el recuerdo dulce de la emoción y el llanto con un fondo velado de ensoñación y de tambores.

Y la vuelta a su sitio y a su casa la tarde de cada Sábado de Gloria. Esa era para todos nosotros la verdadera bendición: verla de nuevo presidiendo la casa familiar, tenerla al alcance de nuestra vista, sentirnos cobijados por su sola presencia, poder recurrir a ella en los momentos difíciles con nada más que alzar los ojos. Cuanto he llorado de alegría viendo como la alzaban de nuevo sobre su repostero de la meseta de la escalera, mientras los cofrades y la familia entera entonaba un cántico solemne y antiguo como si fuera un himno: “Victoria tú reinarás, oh cruz, tú nos salvarás”.

Se cayeron hace tiempo los últimos jirones del repostero de damasco como se cayó a pedazos todo tras la filoxera. Y se vino abajo mi casa y mi familia como claudico yo ahora vencida por los achaques, por la espantosa soledad, los disgustos y mis muchos años, con la amargura diaria de tragarme (o fingir que no me entero) la insolencia de los inquilinos, la ordinariez de sus chismosas mujeres y aún las burlas de la chiquillería, hasta verme cada vez más arrinconada en este cuarto del que ya apenas salgo.

Sólo me queda ella, todavía ahí en el testero de la escalera, dónde toda la vida. Y mañana, lo sé muy bien, vendrán una vez más para llevársela.

Sólo me queda ella, todavía ahí en el testero de la escalera, dónde toda la vida. Y mañana, lo sé muy bien, vendrán una vez más para llevársela. Y conscientes de mi decrepitud y acabamiento, quizás me la arrebaten con cualquier argumento para siempre.

Sé muy bien que se hizo para el Señor del Paso y que a Él volverá más tarde o más temprano. Sólo le pido con toda mi alma y lo poco que queda de mis fuerzas  que, en esa hora final que ya se acerca,  me permita a mí, la última Priego,  poder alzar los ojos  y encomendarme a su santa cruz.

M.P.

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