INÉDITO DE JOSÉ CARLOS DE LUNA

Hay láminas con barcos de todas las banderas carenando sus panzas relucientes de minio bajo el sol de Málaga y fotografías del dique flotante en las paredes del pequeño despacho que presiden el retrato iluminado del fundador del negocio bajo el de la Virgen de la Esperanza.

Quedan todavía sobre el escritorio platos de búsanos, fuentes de queso, lonchas de jamón sobre papel de estraza y botellas de manzanilla y Pérez Texeira. Pero el ágape ya ha terminado y los contertulios, excitados y locuaces, se apresuran ahora a embutirse sus túnicas ayudándose unos a otros a colocarse el cíngulo y la cola. Abierto el balcón de par en par a la calleja de Luzón, llega desde la vera del río el murmullo de la muchedumbre por encima del son de los tambores y toques inconfundibles de campana.

-¡Oye, Pepe Carlos, que los tronos están ya en la calle!

Orondo y pensativo, asomándole el pañuelo de seda cruda al cuello sobre el veludillo de la túnica, el interpelado se ha limpiado cuidadosamente los quevedos y lía ahora con parsimonia un Gener.

-Juan, es que si en este momento lo dejo ya no lo termino.

Aparta luego la petaca, las briznas de picadura y las botellas de etiquetas condecoradas y se hace un poco de sitio en la atestada mesa mientras relee lo escrito sosteniendo en el aire la Parker:

La reina de los Percheles

pone boca abajo el barrio.

Hacen sonar en su palio

los ángeles cascabeles

y con romero y claveles

se acercan hasta su vera.

Hay esta noche más cera

que la que arde ante María.

Se desborda la alegría

La espinela tiene fama de estrofa socorrida y facilona, apta para ingenuas oraciones infantiles, al alcance de cualquier versificador de tres al cuarto. Pero al maestro de la poesía popular y de los sonoros romances, hechos a la medida de rapsodas, al conocedor de todos los recursos de la declamación y de la métrica, se le resiste esta noche de Parasceve el último octosílabo mientras la apremian ya desde abajo sus amigos:

-Pepe Carlos, ¿echas tú la llave?…

Un tropel de recuerdos y emociones le sube a la cabeza mientras tantea el último verso rebelde golpeando suavemente la mesa con los dedos. Pero escandir ya no es posible ahora que sus sentidos sólo perciben las sensaciones vividas en treinta Jueves Santos, en media vida saliendo en La Esperanza.

Contenida durante todo el año, rompe de pronto una ola de entusiasmo cuando la Virgen abandona el Patio de Santo Domingo y enfila el Pasillo a bordo de su trono. La voz -a la vez lejana y cerca- de María la Faraona que dobla por martinete la primera saeta de la noche, (“Ni en Sevilla ni en Madrid, ni en Roma ni en Tierra Santa…”) saca definitivamente al cofrade de su empeño.

Toma el capirote y el bastón, baja la empinada escalera y tira de la puerta. Suben ahora piropos desde las aceras y hay gente aplaudiendo de rodillas en los balcones de los primeros pisos, dónde sólo así es posible ver la cara de la Virgen.

Y entonces, sólo entonces, mientras se abre paso como puede entre la gente (¿me permiten?) que se agolpa en la acera para alcanzar las filas de los nazarenos, sosteniendo el capirote en alto, tratando de salvar el escapulario de los achuchones y, a la vez (¿me permiten?) que no se quede atrás la cola prendida entre la bulla, le viene de pronto a la cabeza como un destello fulgurante y breve el último verso rebelde:

la procesión va por fuera.

 

Carlos Ismael Álvarez

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