DICIEMBRE MARIANO

ANDRÉS E. GARCÍA INFANTE, VOCAL DE FORMACIÓN, NOS ACERCA LAS FIESTAS MARIANAS QUE CELEBRAMOS ESTE MES

 

Desde los medios de comunicación me han pedido que escriba una explicación sobre las celebraciones marianas de la Inmaculada Concepción y la Expectación de María. Con mucho gusto accedo a esta amable solicitud.

En primer lugar, me gustaría dejar claro que la verdadera devoción mariana ha de ser siempre cristocéntrica, es decir, debe tener a Cristo como centro. En efecto, toda la vida de María, así como su lugar en la Historia de la Salvación, están siempre referidas a su hijo Jesús. Esto es lo que sostiene la teología católica, como veremos a continuación.

El dogma de la Inmaculada Concepción de Maríafue proclamado por el Papa Pío IX el 8 de diciembre de 1854, en su bula Ineffabilis Deus. En ella se afirma:

«…declaramos, proclamamos y definimos que la doctrina que sostiene que la beatísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de la culpa original en el primer instante de su concepción por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en previsión de los méritos de Cristo Jesús Salvador del género humano, está revelada por Dios y debe ser por tanto firme y constantemente creída por todos los fieles…» (Pío IX, Bula Ineffabilis Deus, 8 de diciembre de 1854)

Para entender el dogma de la Inmaculada Concepción hay que decir algo sobre el pecado original. El pecado original no fue, si se me permite la broma, un pecado gastronómico. El relato del génesis -en un lenguaje metafórico- habla del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal (no aparece la manzana en ninguna de las dos versiones del relato). El comer de ese fruto simboliza que los primeros seres humanos, haciendo uso de su libertad, decidieron dar la espalda a Dios, convirtiéndose ellos mismos en absolutos y, por tanto, falseando su condición creatural. img-20160615-wa0008-1

Fue este pecado en los orígenes lo que situó a la familia humana en una situación objetiva de alejamiento de Dios. Lo que tuvo que ser mediación de la gracia de Dios se convirtió en mediación de pecado. Así pues, todo el género humano -María incluida- necesita de la redención de Cristo. Dicha redención consiste en la divinización del ser humano, no al margen de Dios, sino en Dios mismo. Aquí podemos apreciar la contraposición entre el primer Adán – intento de divinización al margen de Dios- y Cristo, el verdadero Adán –divinización en y desde Dios-. Ese es el sentido último de la Encarnación y Ascensión de Jesús, pues en Él el Dios Trinidad asume en su corazón mismo a todo el género humano.

Así pues, podemos afirmar que María -a diferencia del resto de nosotros- entró en la existencia como un ser humano redimido, no en virtud de sí misma, sino en previsión de los méritos de Cristo, pues su obra redentora trasciende los límites del espacio y el tiempo. Con todo, también debemos afirmar que María no actuó como una autómata, pues pese a ser preservada del pecado por un don de Dios, María acogió dicho don desde su libertad.

Tal y como afirmé en la introducción a este escrito, toda la vida de María está referida a Cristo. También el hecho de que fuera preservada del pecado original lo está, pues la concepción de Jesús necesitaba una cuna apropiada a su ser Dios. Todos sabemos que la gestación no es sólo biológica, sino también cultural, pues el niño desde el seno materno comienza a interactuar con su entorno (oye la voz de la madre, la música, siente las caricias, los estados anímicos de la madre etc.). Por esta razón, la atmósfera de pecado que envuelve a toda la existencia humana no encontró en María ninguna complacencia pues ella, tal como la saludó el ángel Gabriel en la anunciación, es la llena de gracia (κεχαριτομένη,Kejaritomene, Lc 1,28).

Con respecto a la Expectación de María, lo que celebramos el 18 de diciembre se remonta al décimo Concilio de Toledo (656). Esta celebración, muy arraigada en la liturgia mozárabe, es también conocida como el tiempo de Santa María de la O, haciendo alusión a las antífonas mayores que esperan la llegada del Mesías:

O Sapientia: Sabiduría.

O Adonai: Señor.

O Radix: Raíz, renuevo de Jesé.

O Oriens: Oriente, sol.

O Rex: Rey.

O Emmanuel: Dios-con-nosotros.

María, tal como nos la presenta Lucas en su evangelio, es el modelo de discípulo. Ella es la mujer por cuyofiat, siendo apenas una adolescente, entró el Eterno en el tiempo.

María, como mujer creyente, confió plenamente en las palabras del ángel, se dejó guiar por la fe en el Dios de las promesas. Así pues, lo que ella lleva en su vientre es el cumplimiento de las promesas del Antiguo Testamento, la esperanza de toda la humanidad: Jesucristo, el Dios que no viene con un poder abrumador, sino en la fragilidad de un niño recién nacido.

Sin duda, la Encarnación es una locura de amor.

Deseo que todos nosotros acompañemos a María en este tiempo y compartamos su misma esperanza, que no es otra que la llegada del Dios-con-nosotros.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,

nos visitará el sol que nace de lo alto,

para iluminar a los que viven en tinieblas

y en sombra de muerte,

para guiar nuestros pasos

por el camino de la paz. (Benedictus. Lc 1, 78-79).

 

Andrés E. García Infante.

 

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